02 marzo 2009

"La ratita guarrilla"



Por Cofrade Sofá S

Érase una vez una jovencita a la que todo el mundo conocía como la Ratita. Un día la Ratita llegó a su casa y encontró diversas prendas de ropa tiradas por el suelo en el trayecto que iba a la habitación de sus padres, de donde se escapaban suspiros, jadeos y exclamaciones varias. La Ratita sacó la cartera del pantalón de caballero y no se sorprendió cuando vio que pertenecía a Ramón, un amigo de su padre, cogió la visa y se fue, pues no quería molestar.
Feliz con la visa en la mano, saltaba por la calle la Ratita. “¿Qué me compraré?”, se preguntaba. “Ya lo tengo, me compraré dulces y caramelos. No, no, dulces y caramelos no, que se me estropearan los dientes, como a la Piños. Mejor voy al McDonald’s a comerme unas hamburguesas. No, al Mcdonald’s tampoco, que con la comida basura echare a perder la línea tan estupenda que tengo. Ya está, me compraré ropa”, decidió finalmente,”que hace tiempo que me han salido las teticas y no tengo ropa para lucirlas.”
La Ratita se compró ropa ajustada y minimalista. Cuando su padre la vio vestida así, dijo.
- Esta niña parece un putón.
- ¡Qué dices! Si va a la moda. Lo que pasa, es que tú eres un antiguo –le replicó la madre. Quien, por la cuenta que le traía, había pactado defender a la Ratita, aunque, eso sí, le había hecho devolver la visa.
La Ratita con su nuevo look tenía loquitos a los chicos. Primero se enrolló con Borja Eugenio, que era un chico tímido, apocado y ya con coche, pues sus padres, que tenían pasta, se lo habían comprado. Borja Eugenio estaba tan excitado por haber ligado con una tía, que cuando pasaron al asiento de atrás de su coche se corrió antes de meterla. La Ratita le dijo que no tenía importancia, que no se preocupara. Pero a partir de ese día, cada vez que Borja Eugenio le proponía que quedaran, coincidía que ella tenía cosas que hacer.
Después, la Ratita se fijo en Adolfo Gustavo, que le había enviado varios poemas en los que le declaraba su encendido amor. Una tarde que sus padres habían salido, la Ratita se acostó con Adolfo Gustavo, quien se comportó de forma muy tierna y cariñosa con ella. Mientras se dedicaron al folleteo a la Ratita le resultó agradable, pero después tanto mimo y miramiento la empalagó, las miradas de cordero degollado, los versos acaramelados, el hacer manitas o sobarla continuamente terminaron por agobiarla, se sentía untada de pringue de caricias y babas de afecto.
Por fin, la Ratita consideró que lo mejor era ir a por el tío que a ella le molaba, el Buga, un macarrilla musculoso que salía con su mejor amiga, la Topillo. Así, que se afeitó el coñito y cuando estaba en la disco tomando un cubata con ellos dos, les dijo.
- A mi no me importaría hacer un trío con una pareja guay como vosotros. Porque vosotros sois una pareja abierta, ¿verdad?, sin prejuicios.
- Sí, claro, abiertos…, sin prejuicios… -respondió el Buga atragantándose con el cubata y repasándola con la mirada.
- Bueno bonita, nosotros somos abiertos, pero no nos vamos a la cama con cualquiera –intervino la Topillo.
- Con cualquiera no, pero con tu mejor amiga, ¿qué me dices?
- Que sí –intervino el Buga, que veía la posibilidad de alcanzar uno de sus sueños.
La Topillo, cuando vio el coñito sin pelo de su amiga, supo que tenía la partida perdida. “Esto me pasa por hacerle confidencias a esta zorra”, pensó, “y por no atreverme a afeitármelo yo. Claro que la muy guarra me dijo que no lo hiciera, que no era higiénico, pues ya ves por donde se pasa la higiene la marrana esa”. La Topillo se quedó un rato por el que dirán, comprobó que el Buga flipaba con los coños rasurados y luego dijo que se tenía que ir, que había quedado. El Buga y la Ratita ni siquiera se molestaron en disimular, le dijeron que adiós muy buenas y se dedicaron a lo suyo.
Con el Buga, la Ratita vivió una temporada maravillosa, gozó del amor, su única preocupación era ir con cuidado de no cortarse cuando se afeitaba entre las piernas. Esta situación duró hasta que un día el Buga le dijo.
- La Piños quiere que hagamos trío.
La Piños no solo se había arreglado la dentadura, sino que también había ido a Corporación Dermoestética y le habían retocado en varios sitios, especialmente el volumen y firmeza de las tetas y el trasero. La Ratita no se quedó a comprobar si también se rapaba el chochete. Muy digna ella, se despidió del Buga y se fue.
La Ratita volvió a casa de sus padres, pero no quería quedarse mucho tiempo, le urgía encontrar marido. Primero se tropezó por la calle con Adolfo Gustavo. Éste le llevó a su casa donde le enseñó un libro de poemas en el que se dolía del amor perdido. Después, el poeta dijo.
- Ratita, ¿te quieres casar conmigo?
Aunque los poemas eran francamente buenos, la Ratita no se dejo impresionar y le preguntó.
- Y por las noches, ¿qué harás?
- Te leeré mis poemas –le contestó.
La Ratita declinó la oferta de Adolfo Gustavo. Le dijo que puesto que el dolor le había inspirado tan bellos versos, no quería privarle de la causa de su inspiración.
Después se encontró con Borja Eugenio, el cual ahora dirigía una de las empresas de su padre y tenía un Mercedes.
- Ratita, ¿te quieres casar conmigo? –le propuso Borja Eugenio.
- Y por las noches, ¿qué harás? – preguntó ella.
- Dormir y callar – le contestó.
- Pues contigo me he de casar.
Gracias a este matrimonio la Ratita alcanzó la felicidad, a pesar de que con el divorcio solo consiguió la casa y medio millón de euros. La mayoría de los bienes estaban a nombre de su suegro. Ofendida, por la miseria que le habían dado, se fue a los programas de cotilleo de la tele y explicó las miserias sexuales de su matrimonio. Al pardillo de Borja Eugenio no se le ocurrió otra cosa que ir a los mismos programas y contraatacar contando que ella le había contagiado la gonorrea. Creía, el muy ingenuo, que así la humillaría y se callaría. La Ratita volvió a la televisión y explicó, por entregas y con todo lujo de detalles, todas las veces que le había puesto los cuernos a su marido. La Ratita cobró una pasta gansa por todas estas confidencias, además ahora participa en las tertulias de estos programas y parece ser, que dentro de poco tendrá su propio programa, “Cuéntaselo a la Ratita”.

"Doce cuentos sin piedad"



Por Cofrade Tamburete Kid




EL PRINCIPE Y LA RANA
Cuando el príncipe se quiso dar cuenta, la rana ya le había hecho el salto.

LA MUERTE Y EL CRIADO
La muerte se llevó una desagradable sorpresa cuándo fue a Bagdad en busca del criado del mercader y este le dijo que a su criado ya se lo habían llevado los americanos.

LOS TRES CERDITOS
Durante el juicio, el lobo confesó que si había derribado la casa de los tres cerditos, era porque tenía pensado construir un edificio de cinco plantas en el solar.

ALICIA EN EL PAIS DE LAS MARAVILLAS
Una cosa era encontrarse con aquellos extraños animales: un conejo vestido y con sombrero y un gato que habla, y otra muy diferente que le estuvieran dando a probar aquellas setas ¡Lo que le faltaba! ¡Después de haberse comido un trippi, ahora unas setas!

ALI BABA Y LOS CUARENTA LADRONES
El primer ministro estaba reunido con los cuarenta miembros de su gobierno, cuando sonó el teléfono y le comunicaron que un inspector de hacienda llamado Ali Babá le había denunciado por fraude fiscal y evasión de impuestos.

ALADINO Y LA LÁMPARA MARAVILLOSA
Aladino estuvo más de tres horas intentando instalar aquella lámpara. Se discutió con su mujer cuando esta le planteó que lo dejase estar porque la comida ya estaba hecha. Finalmente, a eso de las seis de la tarde, se fue al IKEA para hacer la reclamación correspondiente y que le devolvieran los dos euros que le había costado.

CAPERUCITA ROJA
Una vez dentro del coche Caperucita se dio cuenta de que se había quedado sin preservativos. Le dijo al cliente que buscase una farmacia de guardia para comprar una caja, pero este le dijo que no hacía falta, que como buen macho que era siempre lo hacía a pelo. Luego detuvo el coche. Caperucita se resignó y se adentraron en el bosque. Al lobo le brillaron los colmillos de deseo. Mientras lo hacían, Caperucita pensaba en el pueblo y la casa de su abuela.

PETER PAN
Cuando se conocieron, Wendy se enamoró en seguida de sus encantos. Ahora, pasados los años, era consciente de que Peter era un inmaduro incapaz de hacer fortuna y de que se tenía que haber casado con aquel capitán de barco que se lo propuso en un crucero cuando apenas tenía veinte años y era la envidia del trasatlántico. El hecho de que fuera manco de un brazo no hubiera sido tan problemático, al fin y al cabo.

ULISES
Estaban en el interior de la nave, cuando sonaron las sirenas y tuvieron que salir corriendo de allí. Ulises echó en falta la cartera nada más saltar la valla del recinto. ¿Cómo le iba a decir a sus hombres que pronto estarían todos entre rejas por culpa suya? Imposible. Volvió a saltar la valla y fue a buscar su cartera. Los otros no entendían nada y le hacían gestos para que volviera. Pero él haciendo caso omiso a las sirenas se adentró en la oscuridad de la nave industrial.

LAS MIL Y UNA NOCHES
Aquella historia era tan poco creíble como todas las historias que le venían contando desde hacia años. Tumbada boca arriba, Sherezade fumaba sin prisa, se las sabía de todos los colores, pero aquel tipo, el tal Shahriar, era un pelma de mucho cuidado. ¡Pues no decía que descendía de una familia de reyes!

MOBY DICK
Lo último que el Capitán Acab vio, antes de ser arrastrado por la ballena, fue el chorro de agua que salía como un pequeño geiser del lomo de la cría de Mobi Dick.

GUILLERMO TELL
El dardo entró por un ojo y atravesó limpiamente al cráneo.

"El hombre invisible"



Por Cofrade Silla Jotera

El Hombre Invisible nació una hermosa mañana de verano en la preciosísima aldea de Lpzfhgs, allá tras los montes del inaudito lejano. Como era invisible, al nacer nadie lo vio, y el pequeño Bebé Invisible pasó inadvertido para su madre, su abuela y la comadrona. Que raro, dijo esta, tendría que haber nacido algo. Pero no, aunque la barriga de la mamá del Hombre Invisible había sido hasta el momento bien evidente y prominente incluso. También habían sido evidentes y bien verdaderos los espasmos, el romper aguas, de hecho hasta parecía haberse escuchado el llanto de un bebé, pero que, nada. Allí no había nada. Nada, sin embargo, como una madre para deshacer estos entuertos filiales. Palpando con sus manos por la cama, halló al neonato. Lo veis, dijo la mamá del Hombre Invisible, no me creísteis cuando os conté que me había dejado preñada un espíritu, una especie de palomo santo que llegó hasta mi ventana, pues ahora ya veis que así fue y que lo más lógico es que el niño nazca invisible, incorpóreo y eminentemente espiritual. Tú hija mía, dijo su madre, lo que eres es un putón de mucho cuidado.

Pero a lo hecho pecho. Y en el pecho leche, mucha leche, y así fue creciendo el Bebé Invisible, invisible, pero parecía ser que sin mayores problemas. Cuando alcanzó la edad en la que los chicos deben acudir a la escuela, la abuela buscó al jovenzuelo Niño Invisible por toda la casa, y tres días más tarde lo encontró y le dijo que había llegado el momento de comenzar su instrucción escolar, pero que no se preocupara porque le había hecho una capucha y unos guantes de ganchillo, y con ellos y las habituales vestimentas de cualquier persona conseguiría parecer un chico normal. Pero pareceré un niño falso, abuela, le dijo el chico. Mejor ser falso que ser nada, le dijo la abuela. La capucha era espectacular, incluso llevaba dibujados los ojos, las cejas, los labios, las orejas. Los guantes llevaban dibujadas las uñas y una especie de líneas de la mano. La abuela remató el trabajo de satrería con una gabardina verde y un gorrito de cazador con una pluma de faisán de adorno. Que se te vea bien, le dijo la abuela al Niño Invisible.

Fue duro el comienzo de su etapa escolar. Entre los compañeros más cercanos corría el rumor de que había nacido deforme y monstruoso a causa de una sífilis que le contagió su madre, que era una puta. Entre las chicas corría el rumor de que era un violador que ocultaba su identidad con una capucha para que cuando violara a las chicas estas no le reconocieran. Entre los profesores llegó a especularse con que era un inspector del ministerio de educación camuflado. Objeto de burla y humillaciones sin par y sin fin, el ya Joven Invisible consiguió llegar a la Universidad y matricularse en Física y Química. Tras tantos años de sin sabores, era el momento de alcanzar los conocimientos necesarios para poner fin a su problema, a su tormento, y comenzar lo que ya comenzaba a asemejarse al comienzo de un plan de venganza. Para llevarlo a cabo, dedujo, estudiaré Física y Química, así conoceré los estados de los cuerpos y las fuerzas y los fenómenos que actúan e influyen sobre ellos.

Cinco años más tarde conseguía su título, y entraba a trabajar en los famosos Laboratorios Juanola. El trabajo no era mucho, allí sólo trabajaban el viejo doctor Juanola, su hijo Juanolillo, y ahora el recién contratado Joven Invisible, y toda la faena consistía en preparar una masa pegajosa a base de regaliz y cuatro porquerías, hacer con ella una fina tableta y cortarla en pequeños rombos, que luego se metían en una cajitas redondas y rojas, que luego se empaquetaban y remitían a las farmacias de Lpzfhgs, de la comarca, la región… Así, al Joven Invisible le quedaba tiempo para usar el estupendo laboratorio del doctor Juanola, y realizar los experimentos necesarios para vencer la invisibilidad que le atormentaba desde su nacimiento.

Otros cinco años más tarde, las famosas Pastillas Juanola se vendían en toda Europa, y el ya Hombre Invisible culminaba la construcción de su Máquina de Visibilidad, un trasto en el que debería meterse y en el cual, tras accionar unas palanquitas y poner en marcha diversos procesos mecánicos, físicos, y químicos, debería recobrar su visibilidad, una visibilidad perdurable hasta su muerte. Todo estaba a punto, y una noche que el Hombre Invisible estaba sólo en el laboratorio, subió la Maquina de Visibilidad desde el sotanillo donde la había construido a resguardo de la miradas ajenas, y se dispuso a iniciar el experimento. Para ello se desnudó y se quitó la capucha y los guantes. Ya desnudo, totalmente invisible, se introdujo en la máquina, se sentó en una sillita que había dispuesto, suspiró, y accionó unas palanquitas. Una descarga electrotécnica de aquí te espero recorrió el invisible cuerpo del Hombre Invisible.

Como comprobó ante un espejo cuando salió de la Máquina de Visibilidad, el Hombre Invisible ya era totalmente visible. Oh si, gritó el ya visible Hombre Invisible, lo he conseguido. Cuando, horas más tarde, llegaron al laboratorio el doctor Juanola y su hijo, no daban crédito ni a lo que el ahora Hombre Visible les contaba, ni a lo que veían sus ojos, aquella máquina descomunal y de otro mundo allá en su aséptico laboratorio. Pero lo más increíble, lo muy increíble, era la nueva apariencia del muchacho sin su capucha y guantes a medida, sin gabardina y gorrillo silvestre, la nueva apariencia del nuevo Hombre Visible. Porque, esas guedejas, esas barbas, ese rostro desconsolado, esa profunda, perdida mirada, ese taparrabos, la posición cruzada de sus piernas, la herida a la altura del costillar, los clavos en las manos, los brazos en cruz…

"Viaje al centro de la Tierra"


Por Cofrade Silla Jotera

Inge Mangeloihem, era un viejecito de apariencia gruñona e insoportable que vivía en la bonita aldea de Lpzfhgs, allá tras los montes del inaudito lejano. Y digo de apariencia, porque así como a primera vista se revelaba un ser huraño e insolente, tras muchísimos años de convivencia se podía llegar a apreciar en él un ligero rasgo, a penas un matiz pero algo es algo, de bonhomía, de humanidad. Esto es lo que le pasaba a la bella Ingrid Mangeloihem, su sobrina, que tras veintidós años bajo la tutela de tío Inge, le tenía cierto aprecio.

Ingrid llegó al hogar del tío Inge contando sólo seis meses, tras la muerte de sus padres en el descarrilamiento del Transiberiano ocurrido por aquel entonces. Ingrid también iba en aquel tren, pero la protección de su cuco y las habilidades de su nana Ingilberta, que desvió con su cabeza la viga de hierro que se dirigía a la cabeza de Ingrid, fueron su salvación. Huérfana, su tutela correspondía a su tío Inge, hermano de Ingridona, la madre de Ingrid. El tío Inge era asquerosamente millonario gracias al comercio de pieles y aceites de pingüino, foca, morsa, orca, y ballena. Aunque montar su gran empresa no fue tarea fácil, y le llevó a recorrer medio mundo en los bergantines de su propiedad, con la edad y la bonanza le asaltó el aburrimiento y nació en él un ánimo sedentario, y el tiempo que no le dedicaba a su empresa lo empezó a dedicar a la ciencia: física, química, geografía, geofísica, astronomía… Y cosas así.

Un día, Ingrid ya contaba veintidós años, el tío Inge se levantó más animado de lo normal, y tras desayunar su tazón de leche de orca y sus tostadas con pingüinos asados, le dijo a Ingrid ‘hoy pondré un anuncio en el diario de Lpzfhgs, quiero encontrar algunos ayudantes para nuestro viaje al centro de la Tierra’. Muy bien, tío Inge, le respondió Ingrid mientras recogía el servicio del desayuno. El tío Inge siempre decía cosas así por la mañana, antes de centrar su mente con dos vasitos de coñac español que guardaba en sus surtidas bodegas. Un día se levantó y dijo ‘me pregunto porqué no se podrá ir a la Luna en submarino’. Otro día se levantó y dijo ‘creo que si consiguiéramos introducirnos por el agujero del culo podríamos desaparecer de esta dimensión y aparecer en otra’. Otro día ‘hoy tengo un ardorcillo de estómago que para qué’. Otro, ‘¿y si los caracoles siguieran una unidad de medida horaria desconocida por nosotros, eh?’ Y así. Por eso, que aquella mañana quisiera viajar al centro de la Tierra no inquietó demasiado a Ingrid. Ya se le pasará, pensó.

Al día siguiente, a primera hora, se presentó en el hogar de los Mangeloihem un joven barbilampiño y de apariencia deslavazada, que dijo llamarse Ingelbich y que venía a ver a su tío, el señor Inge, por el asunto del anuncio del diario. Sorprendida, pero discreta, Ingrid hizo pasar al muchacho y le acompañó al gabinete de su tío, en el que este pasaba todas sus horas dedicado al estudio y vivisección de la ciencia. Los dos se encerraron en el despacho, y llevaban ya más de dos horas de reunión, cuando volvieron a llamar a la puerta del hogar de los Mangeloihem. Esta vez, cuando Ingrid abrió la puerta se encontró con un hombretón de casi dos pisos de altura y seis camiones de peso. Y era calvo, y tenía cara de bruto, posiblemente era tonto de remate. Pero consiguió, con extrañas palabras, indicarle a Ingrid que venía a ver a su tío Inge, también en relación al asunto del anuncio del diario.

Todo el día estuvieron los tres reunidos en el gabinete del tío Inge, y ni siquiera aceptaron la proposición de Ingrid, consistente en llevarles al gabinete algo ligero pero seguramente delicioso para comer, estofado de morsa por ejemplo. Por la noche, el tío Inge llamó a Ingrid al gabinete. Cuando esta entró se encontró al joven imberbe sentado en el sofá y examinando unos mapas con cara de alucinación, y al hombretón mirando por la ventana del gabinete y murmurando ‘así que hay un centro, eh, el centro, con que el centro, eh, el centro, vaya que si, el centro…’. Ingrid pensó que en la casa de su tío se habían colado dos locos, probablemente peligrosos.

Ingrid, le dijo pomposamente su tío, mañana comenzamos nuestra expedición al mismísimo centro de la Tierra, y nos acompañarán el joven Ingelbich y el señor Ingelbot. Tú, querida sobrina, serás la encargada de nuestra intendencia y alimentación, ya sabes, para ello es imprescindible que ahora mismo comiences los preparativos. Para empezar debes condimentar cientos de pingüinos asados, cincuenta estofados de morsa, cien morcillas de foca, compota de esturión… Y taquitos de grasa de ballena, que a mí me gustan mucho, añadió el joven Ingelbich.

Ingrid hizo las maletas y aquella misma noche cogió el autocar de la línea Lpzfhgs – Montecarlo. Llegada a Montecarlo consiguió trabajo en la cerrajería de madame Loustal e inició una nueva vida. La expedición al centro de la Tierra jamás pudo llevarse a cabo, incapaces el tío Inge, el joven Ingelbich, y el hombretón Ingelbot, de preparar algo para comer durante tamaña aventura.

LOS CUENTOS PERSONALES

La selección de nuestros cuentos supuestamente inspirados en nosotros.

"Semblanza del fútbol pre-Adidas"



Por Cofrade Sofá S

Supongo que conocen la ley no escrita que dice que los jugadores de fútbol solo tienen derecho a un nombre, puede ser el nombre, el apellido, o apócope del nombre o apellido, pero uno solo. Mientras que a los entrenadores nos referimos por el nombre y el primer apellido, Gregorio Manzano, Helenio Herrera, Victor Fernández, Arsenio Iglesias, Vicente Miera, Javier Clemente, Vicente del Bosque, Victor Espárrago, Luís Aragonés, etc. Por último, los árbitros son conocidos por sus dos apellidos, Undiano Mallenco, Turienzo Álvarez, Daudén Ibáñez, Ortiz de Mendibil, Urízar Azpitarte, Andujar Oliver, etc.
Ahora, en lo que quizá no hayan reparado ustedes es en la sonoridad que tenían antaño los nombres de los jugadores de fútbol, Calleja, Rodilla, Cardeñosa, Eladio, Cacho, Pepín, Gorriz, Capón, Glaria, Rodri, etc., eran nombres rotundos, que figuraban al pie de aquellos cromos de vivos colores que muchos coleccionábamos, aunque nunca lográbamos completar. Había jugadores que debían su celebridad entre los chavales a lo difícil que era conseguir su cromo. Recuerdo que Gaynés consiguió el cromo de Montesinos, mientras que todos los demás teníamos un hueco en la tercera casilla de la segunda línea del C.D. Sabadell, entre Marañón y Ortuño. Aquel curso Gaynés fue la envidia de todos nosotros.
Otra curiosidad eran los jugadores que como su nombre coincidía con el de otro había que numerarlos, como a los reyes. Los había que se entendía que su nombre necesitara numeración, Martín II o Herrera II. En otros casos no dejaba de ser sorprendente la coincidencia, Lesmes II, Chirri II, Gonzalvo III, Quincoces II. También era mala pata que con nombres tampoco corrientes hubiera más de uno que triunfara en el fútbol.
A mí me fascinaban los nombres de algunos defensas centrales, Cortabarría, Berruezo, Verdugo, Barrachina, Arieta II, ya solo con el nombre imponían, a ver qué delantero se atrevía con tipos que se llamaran así. En la actualidad, con tanto jugador extranjero, se han perdido las resonancias épicas de los nombres. Es que incluso los nombres de los jugadores nacionales han perdido sonoridad, ya no imprimen carácter, quizá ello se deba a que se les conoce por el nombre de pila, Xavi, Raúl, Joaquín, y no creo que en futuro mejore con la presente moda de poner nombres anglosajones como Chrishian o Jonathan. En tercera división aún se mantenía, hasta hace poco, la mítica del nombre, como el caso de Carvajal, obviamente defensa central, en este caso del C. E. Europa, cuya filosofía de juego sostenía que pudiera ser que la pelota pasara, pero el jugador seguro que no.
En aquella época, digamos pre-adidas, mi abuelo y yo consagrábamos los domingos al fútbol, éramos los primeros en levantarnos, desayunábamos un profundo tazón de café con leche en el que echábamos barquitos de pan que se transformaban en submarinos hasta que ya no quedaba líquido que absorber. Después había que limpiar los zapatos, resabios de la vida cuartelaría de mi abuelo, y por último nos aseábamos. En aquellos tiempos, la ducha diaria no formaba parte de nuestras costumbres, aunque eso sí, nos aseábamos cada día, es decir, nos lavábamos básicamente la cara, el cuello, detrás de las orejas, los brazos y los sobaquillos.
Una vez desayunados y en perfecto estado de revista, mi abuelo y yo nos encaminábamos al campo del Antoniana. El campo del Antoniana era un campo de fútbol anexo a una parroquia, que con el paso del tiempo y por la presión inmobiliaria fue encogiéndose y su superficie, antaño rectangular, acabo por aproximarse peligrosamente al cuadrado. En aquel campo los espectadores estaban de pie y se situaban a escasa distancia de la línea de cal que delimitaba el terreno de juego. No recuerdo que hubiera linier, lo hubiéramos tenido al alcance de nuestros escupitajos, ahora arbitro si había, lo que me amplió considerablemente el campo semántico de las ofensas. Habitualmente veíamos dos partidos en el campo del Antoniana, primero uno de infantiles y a continuación uno de juveniles.
Después de comer y de la inevitable siesta de mi abuelo, nos íbamos a ver al Atlético Baleares. Claro que esto era un domingo sí y otro no, cuando el Baleares, que era como lo llamábamos los aficionados, jugaba en casa. El Baleares tenía estadio propio con campo de césped y sus gradas de cemento y todo, yo no creía que hubiera ninguna diferencia apreciable con el Camp Nou o con el Santiago Bernabeu. Al saltar los equipos al campo me quedaba extasiado con el colorido de la indumentaria de los jugadores sobre el fondo verde del campo. Debo admitir, que en tercera división, que era la categoría en que militaba el Baleares, se practicaba un fútbol bastante primario, que abusaba de la táctica del pelotazo a seguir, y si algún delantero del Baleares se encontraba con la pelota en las proximidades del área rival y se entretenía un poco con el balón, siempre había alguien del público que rugía, “a barraca, maricón”. En ocasiones, si no marcaba el Baleares y el partido languidecía, mi expectación decaía notablemente, pero había un puesto de chuches en el estadio que suplía la carencia de emociones del juego. Acabado el partido, mi abuelo y yo no nos podíamos entretener, había que ir rapidito si queríamos llegar a tiempo de ver el partido que daban por la tele. No me pregunten porqué, pero cuando la tele era en blanco y negro los partidos los daban el domingo por la tarde, creo recordar que hacía las siete de la tarde. El partido de la tele ponía el punto final a nuestra jornada de fútbol.
Durante aquellos domingos mi abuelo me enseñó, por contagio, a saborear el fútbol, ese espectáculo en el que se hermana la emoción del enfrentamiento con la plasticidad del deporte. También experimenté la decepción ante el héroe derribado, la amargura por la caída de mi gran mito, que no era otro que Pastor. Pastor era el defensa central del Baleares, era alto, rubio, fornido, expeditivo y lanzaba las faltas con gran potencia. Transmitía esa seguridad, esa solvencia que caracterizó a Beckenbauer. Vale, me he pasado, Pastor tenía muchísima menos calidad futbolística y era muchísimo más bruto que Beckenbauer, pero ambos cumplían funciones similares, eran un referente para el equipo, le daban aplomo, su sola presencia constituía toda una garantía. Pues bien, en el partido clave para el ascenso del Baleares a segunda división, entonces no existía eso de la segunda B, a falta de un minuto para el final y cuando el Baleares rozaba la proeza, Pastor cometió un penalti intencionado que nos privó del merecido ascenso. Pastor, mi ídolo, había sucumbido a la tentación del dinero. Desde aquel día, mi abuelo y yo jamás volvimos a mencionar su nombre.

"Al final del árbol"



Por Cofrade Tamburete Kid

Cuando era muy pequeño y apenas contaba cuatro o cinco años de edad, mi padre era el centro del universo, en este caso de mi universo. Tanto era así, que por las tardes, mientras jugaba en el patio rodeado de gatos y geranios, no podía dejar de observar la puerta de la verja, pues en cualquier momento oiría el forcejeo de la llave en la cerradura y luego el chirrido de la enorme y pesada puerta. Después, la figura de mi padre recortada en el trasluz del atardecer. De ahí, a salir corriendo y saltar a su cuello, tan sólo era cuestión de segundos. Sé perfectamente que esta imagen relacionada con la figura paterna o materna es normal y que forma parte del despertar de los sentimientos y del alborozo de los sentidos. De esa época, antes incuso, hay olores que impregnaron nuestra memoria y que, una vez reconocidos, nos transportan a tiempos pasados, en una evocación intensa y difuminada en el tiempo. Nunca olvidaré el olor a jabón de lavar la ropa que despedían las manos de mi madre, ni el olor a sudor, ácido y profundo, que emanaba de las axilas de mi padre tras una larga jornada de trabajo en la fábrica. En esa edad, en que todo es descubrir y asombrarse, descubrí el final del árbol. Y el verdadero tamaño de las cosas.
¿Papá qué hay al final del árbol? El cielo hijo, sólo el cielo. Dicho esto, mi padre me distraía haciendo amagos de pelea, y una vez los dos revolcados en el suelo, me olvidaba del árbol y del cielo. Sobre todo del cielo. El árbol era una vieja higuera que vivía en aquel patio mucho antes que nuestra familia. Su sombra era un auténtico regalo en verano y los higos una delicia para la despensa. Pero a mí, lo que me obsesionaba, era la altura. ¿Desde allí se llegaba al cielo? Aunque lo aseguraba mi padre, y yo me lo creía todo, algo en mi interior me decía que al final del árbol no podía estar el cielo. Pero no fue hasta una tarde en que, temeroso y decidido por igual, empecé a trepar por aquel tronco nudoso. A mitad del tronco tuve miedo y me agarré con brazos y piernas. Así estuve un buen rato. Después pensé que en cualquier momento se oiría el chirriar de la puerta y ya no tendría tiempo de llegar arriba. El se enfadaría conmigo y eso me producía una enorme angustia. Así que alcé la vista y trepé. Trepé y sorteando las ramas fui ascendiendo como por una escalera desmadejada. Cuando llegué a lo más alto, apenas sostenido por una delgada rama, comprobé que allí, en la altura, se encontraba la medida de todas las cosas. Arriba el cielo seguía siendo inalcanzable y abajo todo era más pequeño y al mismo tiempo más grande, pues podía distinguir los patios vecinos en toda su dimensión. También la fachada completa de nuestra casa. Sí, desde allí arriba el mundo era algo nuevo, a descubrir. Mientas bajaba tuve la impresión de que a partir de ese fugaz momento mi vida nunca volvería a ser la de antes. Nada más poner pie en tierra se oyó el familiar chirrido en la puerta. Me quedé donde estaba. El cielo podía esperar.

"Las alas perdidas / El bosque"



Por Cofrede Tamburete Kid

Recuerdo aquellos días como algo sobresaliente en mi memoria. Sobre todo aquél día. Éramos niños, unos chavales de entre ocho o nueve años, con remiendos en la ropa, las botas sucias de barro y los mocos colgando. Éramos cuatro y la mañana fría, de pleno invierno. El suelo estaba duro de escarcha y los árboles del parque mostraban una desnudez blanca, de ramas peladas. Íbamos deprisa, con las manos escondidas en el jersey, andando como si no tuviéramos manos, las rodillas rojas, un poco amoratadas, los calcetines tapando las pantorrillas y los muslos asomando tras los pantalones cortos. El aliento salía de nuestras bocas y narices como vapor blanco. Jugábamos a fumar con el aliento como fuman los mayores, fingiendo expulsar el humo. Jugábamos a patear piedras que rodaban a trompicones con otras piedras, ladera abajo. Jugábamos a reventar la superficie helada y cristalina de los charcos a golpes de tacón. Siempre jugábamos. Teníamos que hacer aquel trayecto todas las mañanas para ir a la escuela, pero desde hacía casi dos meses nos desviábamos a mitad de camino, justo antes de cruzar los túneles bajo la autopista, para dirigirnos al monte cercano. Allí pasábamos el día, en el interior de una “cabaña” hecha de ramas. La escuela quedaba lejos.
Había tal desorden en aquel centro que nadie advertía nuestra ausencia. Aquello más que una escuela parecía una inmensa guardería para niños de hasta doce y trece años. Sólo en una clase podían coincidir cuarenta o cincuenta alumnos de diferentes edades, la mayoría analfabetos. Mi madre nos inscribió a primeros de octubre, con el curso ya comenzado. El primer día que asistí a clase me pasé media mañana en el pasillo, en un rincón, sin saber cual era mi lugar, hasta que me descubrió mi hermano, cuatro años mayor que yo, y me llevó con él a su clase. Me senté en un escalón, junto a la puerta. El profesor, o lo que fuera, dormía, con la boca abierta, sentado en un butacón de madera, las manos bien dispuestas en la mesa, todo ello sobre una tarima que dominaba el aula. A ambos lados de la tarima, dos chicos corpulentos de los mayores, apuntaban en la pizarra los nombres de todos los revoltosos. La pizarra estaba llena de nombres. Estaban casi todos y algunos colmados de cruces. Detrás de mí, en medio del alboroto, dos chavales de unos diez años se masturbaban mirando la foto recortada de una revista en la que a una mujer se le veían los pechos. Aquello era la clase. Al cabo de un rato el maestro se despertó y tras mirar la pizarra empezó a nombrar a los apuntados para que acudieran a recibir su castigo. Algunos iban de primeras y aguantaban estoicamente el palmetazo en las yemas de los dedos con la mano extendida y temblorosa, otros se resistían y eran arrastrados por los dos vigilantes de la pizarra entre quejas y llantos. Estos, además, se llevaban alguno que otro golpe de propina en la parte trasera de los muslos. El castigo duraba hasta la hora de salir de clase. Era la rutina de todas las mañanas. Al cabo de dos semanas dejamos de ir por allí. Mi hermano y sus amigos se construyeron una “cabaña” en la montaña y nosotros, los peques, los imitamos. Mi madre nos había rapado la cabeza al cero a mi hermano y a mí y rociado con DDT para que no nos siguieran comiendo los piojos. Luego, aprovechando las mangas de un viejo jersey de mi padre, nos hizo un gorrito de lana con una borla. En aquellos años eran frecuentes los niños con gorritos de lana.
Aquella fría mañana encendimos una hoguera en la entrada de la “cabaña”. Nos sentamos alrededor. Cada uno de nosotros sacó de los bolsillos lo rapiñado en casa: tres patatas, un trozo de chorizo, un trozo de panceta, un puñado de castañas… Asamos las patatas y las castañas entre las brasas. El chorizo y la panceta ensartados en una caña también fueron al fuego. Era una de nuestras aficiones predilectas: comer cosas asadas al fuego. Después nos daba por hacer de exploradores y nos adentrábamos en el bosque. Siempre había algún descubrimiento nuevo: una serpiente que se escabulle, una ardilla saltando, un chotacabras alertado que emprende el vuelo repentinamente, rastros de jabalís en la tierra removida, un sendero que se pierde en la maleza… Por alguna razón esta vez íbamos todos juntos, sin hablar, mirando en todas direcciones, como si aquel día el bosque anunciara peligro. Nos parecía que había más silencio del habitual. Cualquier sonido irrumpía con fuerza y nos sobresaltaba, aunque los cuatro aparentábamos no tener miedo alguno. Estábamos llegando a una fuente a la que solíamos ir, cuando sonó un aullido estremecedor, rompiendo el aire. Era un lamento bestial, o así nos pareció a nosotros. Salimos corriendo espantados, pero al poco nos detuvimos, unos antes que otros. Mi amigo Juanito, que era el más decidido y aventurero de todos, reemprendió el camino en dirección al origen del aullido. Yo fui tras él, y los otros dos nos siguieron a cierta distancia. Llegamos a la fuente. Aquel lugar tenía algo de mágico para nosotros, pues tras caminar por el bosque espeso y tortuoso te encontrabas con un pequeño valle cubierto de hierba y de flores en primavera, en cuyo centro se hallaba una fuente desde la que serpenteaba un pequeño arroyuelo. Era como pasar de la oscuridad a la luz. El ruido constante del agua de la fuente te llenaba de paz y sosiego. Esta vez, sin embargo, en lugar de paz trasmitía inquietud. Nos detuvimos a la entrada del valle a esperar a los otros dos. No queríamos avanzar solos. Pronto llegaron. Los cuatro ahora detenidos. Sin hablar. Esperando una señal para salir huyendo. Fue adentrarnos, girar la vista hacia un lado y descubrirlo. El cuerpo se balanceaba ligeramente. A un metro escaso del suelo. El hombre tenía la cara amoratada. Parecía mirar al frente. Duró apenas un instante. Verlo, gritar “un muerto” y salir corriendo. Fui el último en huir. La visión terrible de la muerte me tenía paralizado. Por eso soy el único de los cuatro que tuvo tiempo de ver al perro agonizando a los pies del ahorcado. Nunca supe qué le pasó al perro. Ni quién era el muerto. Prometimos no decir nada a nadie por miedo a que nos inculparan de una muerte. Cosas de críos, sin duda. Cuándo llegué a casa mi madre me estaba esperando con cara de pocos amigos. Alguien le había informado que desde hacía más de un mes no pisábamos el colegio. Me hizo pasar a la habitación, castigado, a la espera de que llegara mi hermano mayor. Supe en qué momento llegó por los gritos y las bofetadas. Luego entró en la habitación, castigado, igual que yo. Pasamos toda la tarde allí. Mi hermano leyendo tebeos y yo mirando por la ventana, vigilando que no viniera la policía a detenerme por lo del muerto. Me sentía seguro entre aquellas paredes. Pronto llegaría la noche y aparecería mi padre. Seguro que nos abroncaría y que luego nos iba a aplicar un castigo ejemplar, pero en aquel momento no cambiaba la seguridad de mi casa por nada. Castigo incluido. El mundo allí fuera era algo terrible y asombroso. Estaba seguro de ello. Pero, aún y así, me seguiría fascinando a lo largo de toda mi vida. Ya entonces lo supe. Lo vi en los ojos del perro agonizante. En un instante, a pesar del miedo.

"Sardinas por magdalenas"



Por Cofrade Silla Jotera

Cuando el avión se aproximaba a la isla de San Miguel en tranquilo vuelo sobre el Atlántico, lo primero que llamó mi atención fue la belleza del archipiélago, y su pequeñez. En medio del bravo océano y bajo unas nubes plomizas, las islas parecían la parte sencilla y precaria de un decorado, unas figuritas de porcelana rodeadas de una amenazante tramoya. La aproximación aérea a San Miguel me permitió apreciar un pequeño paraíso, un vergel isleño con una capital de postal marinera y coquetas poblaciones.

Aterrizados, en el mismo aeropuerto cogí un taxi hacia el puerto de San Miguel, pues tenía el tiempo justo para abordar el ferry que me trasladaría a mi destino, la isla de Faial. Por suerte, un desajuste de horarios (un desajuste mío) consiguió que me presentara en el puerto dos horas antes de que el ferry de Faial partiera, así que decidí dar una vuelta por el puerto y la playa de San Miguel. Después de tomar una cerveza portuguesa en la terraza de un chiringuito típico del paseo marítimo, me interné por las calles que entraban en la población y me entretuve mirando los escaparates de las muchas tiendas dedicadas a los tipismos de la isla, souvenirs, artesanías… Compré lo que pensé que sería un buen cenicero para mi nueva casa isleña, y que resultó ser una jabonera, según la vendedora que me atendió, por cierto con un portugués que me alarmó, pues estaba bastante alejado del portugués continental con el que yo, de alguna manera, me manejaba. Luego decidí bajar a la playa, faltaban aún tres cuartos de hora para que partiera mi barco. En la playa, un grupo de chicos y chicas jugaban al balón, otros jugaban a pillar o se bañaban, y en un extremo una hilera de pescadores atendía pacientemente las puntas de sus cañas lanzadas. La algarabía de la muchachada, el penetrante, vivificante olor del mar, los sedales aventurándose en el océano, me trasportaron, cuales sardinas de Proust, a mi tiempo perdido.

Por asuntos laborales mi padre debía trasladarse a una pequeña población de la costa catalana durante dos años, y allá que nos trasladamos toda la familia. Mi padre alquiló un pequeño apartamento en el tercer piso de un edificio en el que tenían mis tíos una carnicería en la planta baja. También mis tíos y mis primos vivían en aquella población. Lo primero que hicimos mi hermana y yo cuando nos instalamos, fue subir a la terraza del edificio y mirar, embobados, el mar, las barcas, la acuática línea del horizonte… Jo, dijo mi hermana, que royo, y encima sin mis amigas. Yo, con mis nueve años y ante aquel nuevo decorado, pensé que no iba a echar de menos a nadie.

Mi padre era aficionado a la pesca y, ya que ahora vivíamos en la costa, decidió que algunas tardes, y todos los domingos, iríamos a pescar a la playa. Me compró una caña a mi medida, adecuada para pescar en los espolones, y así nos pasábamos algunas tardes, él lanzando su gran caña a las inmensidades del que me parecía inmenso Mediterráneo, y yo lanzando mi humilde caña junto a las rocas de los espolones. Yo también quería lanzar mi sedal a las inmensidades marinas, pero mi padre me decía que los pescados de los espolones eran los mejores para el sabor, así que él se encargaba de las doradas, los llobarros, las llisas, los mujols, las palometas, los sargos… que van bien como segundo plato, y yo me encargaba de los suquets y las sopas, que además le gustaban mucho a mi madre. A veces, algún pulpo se atrapaba al anzuelo, o al plomo, y era lo que más me gustaba, pescar pulpos. Otras veces me cansaba de que no picaran ni las escórporas, y me dedicaba a perseguir mejillones, cosa fácil y productiva, y hervidos con limón ya están buenísimos.

Un día de fiesta, mis padres tenían que acudir a algún compromiso de esos ‘sin hijos’ que de vez en cuando tienen los padres, y quedamos mi hermana y yo al cuidado de mis tíos, que era como decir sin cuidado, pues estos, aunque de vez en cuando subían a ver como estábamos, debían atender en la carnicería, pues aún siendo festivo, o precisamente por ello, dedicaban el día al degüello, despelleje, desoye y preparado de los animales. Aburrido de jugar a muñecas y soldados con mi hermana, decidí bajar un rato a remolonear por la carnicería. Al rato de remoloneos y preguntas indiscretas sobre las diferentes miradas de los conejos desollados y las gallinas escaldadas, mis tíos decidieron que ya estaba bien y mi tía me dijo anda majo, porque no te coges la caña y te vas un rato pescar a la playa. Eso hice.

Cuando llegué a la playa y me dispuse a preparar los aperos de pesca, advertí que el pote de gusanos estaba vacío. Cero gusanos. Y sin gusanos no se pesca. Bien, me dije, voy a la tienda de artículos de pesca a la que me lleva mi padre y compro, con mis magros ahorros, una lata de apetitosos gusanos. Eso hice. Cuando llegué reparé que era día de fiesta y la tienda estaba cerrada. Menudo contratiempo. Piensa, me dije. Y entré en el bar de la Asun y compré una bolsa de ganchitos, ganchitos de queso. Los ganchitos, un apreciado y novedoso aperitivo de aquella época (y que aún se venden, aunque ya sólo se sirvan como aperitivo en celebraciones de baja estofa, que las hay) tenían, al fin y al cabo, la apariencia de los gusanos, tal vez más gordos y en lugar de color marrón eran naranjas, pero tenían forma de gusano. Eso era lo importante, porque a ver, ¿los peces del espolón podrían distinguir un gusano de verdad de un gusano de mentira?, para mí que no podían tener una mirada tan fina. En cuanto al sabor, al gusto, tal vez lo importante del asunto pues suponía que picaban más por la boca que por la vista, el engaño se solucionaba rápido, y a mi favor, pues una vez que el pez se diera cuenta de que aquello no sabía a gusano, no era gusano, zas, ya estaría enganchado en el anzuelo y sería más que pez, pescado. Y vale, también cabía la posibilidad de que el pez fuera picoteando antes de alcanzar el anzuelo, entonces confiaba yo en que el estupendo sabor a queso de los ganchitos, atrajera al infeliz como me atraía a mí, y picoteando picoteando, zas, picara y ya digo, pescado.

Llevaba una hora lanzando gusanos, ganchitos, enganchados al anzuelo, y nada. Como no picaban, recogía carrete para moverme de lugar, y entonces observaba que el anzuelo aparecía limpio, sin gusano, sin ganchito. Que cabrones, pensaba, se comen el ganchito, y no pican. No puede ser. Y volvía a poner un gusano, un ganchito, y fiu… volvía a lanzar. Esperaba un rato, un buen rato, observaba con ojo de lince y ansia de cocodrilo la punta de mi caña, y nada. No picaban, Recogía carrete… y volvía a parecer el anzuelo mondo y lirondo, sin gusano, sin ganchito. Que cabrones de peces, les gustan los ganchitos y pasan de picar. Cinco o seis veces repetí la operación con gusano, ganchito, nuevo. Y nada, se comían el ganchito y no picaban.

Estos cabrones no son tontos, no pican, y yo encima les estoy invitando al aperitivo, pues se acabó, el aperitivo me lo tomo yo. Recogí carrete y aperos de pesca, y me senté en una roca del espolón, dispuesto a zamparme lo que quedaba de la bolsa de ganchitos. Eso hice, me encantaban los ganchitos. Quedaban ya pocos, cuando uno de los ganchitos se me escurrió entre los dedos y fue a caer a mis pies, exactamente en uno de esos charquitos que forma el agua del mar al colarse entre las rocas del espolón. Y entonces, con ojos de atún, atónito, observe como el ganchito se disolvía, se disolvía, se disolvía… hasta desaparecer.

Y entonces, ensoñecido, atontado y con ojos de atún, escuché como la sirena del ferry se alzaba entre la relajada algarabía de la playa de San Miguel, anunciando su próxima partida con destino a la isla de Faial, mi nuevo destino.

"La luz"


Por Cofrade Silla Jotera
Los delfines acompañaron al barco en su travesía desde la isla de São Miguel hasta la de Faial, y algunos pasajeros provistos de prismáticos aseguraban avistar ballenas, yo me había dejado las gafas en la maleta y me estaba tomando un vinho branco en la terracita del pequeño bar de cubierta, cuando una enorme gaviota se inmovilizó sobre mi cabeza y se cagó en mi copa más o menos helada. El camarero parecía acostumbrado a estos lances y me sirvió otro vinho. ¿Es habitual esto?, le pregunté. Moito habitual. Mirando a los cielos y tapando con una mano la nueva copa, me acerqué a la baranda del barco para observar el paisaje marino de la llegada a Faial. Pero antes de llegar a Faial, pasamos junto a la isla de Pico, con su impresionante volcán cuya cima queda envuelta por inquietantes nubes. Así se presenta la montaña más alta de Portugal, en una pequeña isla en medio de la mar, y rodeada de escalonadas terracitas de viñedos con los que se cría uno de los vinhos más apreciados de las Açores, el vinho verdelho. Miré a los cielos en busca de gaviotas o cormoranes, y le pegué un trago a mi copa.

Faial se presentó menos impresionante, pero dicen que es la isla más bonita del archipiélago y en él se la conoce como ‘la isla azul’, a causa de las hortensias que inundan sus campos y los caminos hacia la costa. Y también tiene un volcán, el volcán de Capelinhos, un niño comparado con el de Pico, un niño nacido del océano en 1.957, ayer mismo, es pequeñito, y está unido a la isla como una península, una extraña península lunar. Según mi libro-guía, todas las Açores son de origen volcánico, de ahí la profusión de suelos de lava, que se combinan con una exuberante vegetación selvática.

El barco arribó al puerto de Horta a primera hora de la tarde, para ser mayo no hacía demasiado calor. Lo primero que hice fue acercarme a las oficinas de la Cia. Lusa de Ultramar, mis nuevos patronos. Era una casa de tres plantas típica del lugar, un preciosismo arquitectónico de época, toda blanca con los enmarcados de ventanas y puertas resaltados en azulete y amarillo. Me abrió la puerta una señora mayor y me presenté. La señora resultó ser la secretaria de las oficinas, la señora María, y tras hacerme pasar a un acogedor recibidor me indicó que el señor Lourenço, el encargado de las oficinas, se encontraba en esos momentos de viaje a la isla de São Jorge y no regresaría hasta pasado mañana. Pero ahora mismo, me dijo la señora María, le acompaño a la que será su casa y así puede comenzar a instalarse. Di mi primer paseo por Horta en compañía de la bajita, regordeta, y muy simpática y excesivamente amable señora María, la portuguesa. Horta no es muy grande, me dijo, podrá usted ir andando a todas partes, aunque también tenemos un servicio de autobuses, faltaría más, su casa es muy bonita y le gustará, está junto al mar y tiene un jardín que casi casi se mete en la playa, y está amueblada con todo detalle y dispone de ajuar, electrodomésticos, televisión y teléfono, hasta secador de pelo, que se lo fui a comprar yo antesdeayer.
Camino de mi nueva casa me instruyó sobre donde comprar alimentos, donde el mercado municipal y donde el supermercado más completo, donde comprar por ejemplo la prensa, ¿lee usted la prensa?, me indicó donde está el cine y la biblioteca, y me recomendó pasar por el Café Sport y el Bar O Esconderijo, y cenar algún día en el restaurante A Salgueirinha, o en el Canto da Doca, aunque este es un poco demasiado raro para mi gusto, añadió la señora María.

Mi nueva casa era una maravilla, una casita de una planta con dos módulos en forma de ele y un tejadillo a dos bandas de tejas rojas y marrones alternadas. Era de color ocre claro y también tenía los enmarcados de puertas y ventanas resaltados, en color verde, el mismo color de las persianas, ahora bajadas. En la parte anterior tiene un jardincito con flores y dos palmeras, una muy alta, y en la parte posterior hay otro jardín, bastante grande y con tres palmeras, una hamaca colgada entre dos de ellas, una pequeña barbacoa, y un tendedero. Y efectivamente, sólo le separa de la arena de la playa una humilde verja de mediana altura y de maderas también pintadas de verde. Y tras la playa, el océano y la recortada silueta del inquietante volcán de la isla de Pico. ¿Qué le parece el sitio?, me preguntó la señora María. El paraíso, le respondí, el paraíso.

Por dentro, la casa no era menos agradable, con las persianas bajadas para que la penumbra la resguardara del calor del día, las sombras y los contrastes convertían el interior de mi hogar en un amable, delicado decorado. El comedor estaba amueblado con sencillos muebles de época y del lugar, y adornado con algunos detalles marineros, algún ancla y alguna red en la pared, cuadros con marinas, cerámicas de peces y pulpos decorativos… Su mesa con sus cuatro sillas, dos butacas con una mesita camarera y una lámpara de pie, un sofá frente al televisor, un mueblecito con cajones para el ajuar habitual, y una biblioteca, a la que me acerqué para inspeccionar sus libros. Todos en portugués, no faltaba Pessoa. La señora María me enseñó el resto de la casa: dos habitaciones, una por si recibe usted algún invitado, una salita, que puede usar usted como despacho, la cocina, equipada con todo lo necesario, incluso turmix, que se lo compré yo antesdeayer, el baño, mire usted el secador, y menuda bañera grande, que también es ducha, porque en el continente son más de ducha ¿no?, las prisas, claro, una galería con la lavadora y un congelador antiguo. La galería da al patio posterior. ¿Qué le parece la casa? La casa del paraíso, le respondí, la casita del paraíso.

La señora María se despidió prometiendo avisarme a la llegada del encargado, el señor Lourenço, prevista para pasado mañana. Mientras, me dijo, se puede ir instalando y puede visitar la ciudad, así se va usted haciendo, para cualquier cosa que necesite no tiene más que llamarme. Y me tendió una tarjetita de la compañía en la que aparecía el teléfono de la oficina. Y además le apunto mi móvil, dijo, y eso hizo, y después se despidió de mí, y me quedé sólo en mi nueva casa. Me senté en una de las butacas, y desde la fresca penumbra escuché el continuado rumor de las olas. A través de los listones de las persianas bajadas se filtraban la brisa y el aroma del mar. Me quedé en silencio, impresionado por el maravillante aspecto del que parecía ser, muy probablemente, mi futuro. En aquella quietud me invadió el cansancio causado por largo viaje, y me adormecí. Creo que soñé.

Pocos coches que había, cual iba a pasar a aquellas horas de siesta por la plazoleta en la que estaba nuestra casa. La habitación de mis padres estaba en silencio y penumbra, la persiana de listones de madera pintados de verde bajada, resguardándonos de la luz y el calor del inicio de una tarde de verano. A un lado la cama de mis padres con su impresionante cabezal de madera trabajada. A su lado dos pequeñas mesitas de noche con sus cajoncitos y una de ellas con lamparita. Junto a una de las mesitas está mi cuna. Y en el otro extremo de la habitación un gran armario oscuro y de recia apariencia. Entre la cama y el armario está mi abuela, moviendo un pie adelante y atrás en un simple y delicado baile, y se acompaña con una melodía que tararea y dice algo así como ‘mi nene, eeeee, mi nene, eeeee…’. Yo, en los brazos de mi abuela, apoyo mi cabeza en su acogedor brazo y miro los destellos de luz que se cuelan por las rendijas de la persiana. No tengo más de tres años, así que me atrae la luz. La luz.

LOS CUENTOS CANTADOS

La selección de nuestros mejores cuentos inspirados en canciones y tonadillas populares.

"Bella senz'anima"


Por Cofrade Sofá S

Elevados focos difunden una luz cenital, sin sombras, meridiana, que resplandece sobre las superficies metálicas de hangares y almacenes. La exuberante iluminación otorga a las calles vacías un aire fantasmagórico, las aceras están perfectamente pavimentadas, con sus arbolitos y todo, el asfalto negro, reluciente y totalmente liso. Hace rato que el coche de Mauricio se desliza por un mundo extraño y diáfano. Tiene la impresión de estar recorriendo las instalaciones de una base espacial, y no sabe como salir de ella.
En realidad, Mauricio se ha perdido en un polígono industrial próximo a Mollet, pero no es eso lo que le preocupa. Lo que no puede quitarse de la cabeza es lo que ha visto en la discoteca, ha visto a Graciela, a su Graciela, comiéndole los morros a un rubiales contra el que se refrotaba con lascivia. Era ella, su cabellera pelirroja no dejaba lugar a dudas. A partir de esta visión perdió el mundo de vista, se compró en la discoteca una botella de Licor 43, que le salió carísima, e ingirió la mitad de una tacada. Luego cogió el coche y no recuerda muy bien cómo, pero el caso es que hace rato que deambula por el desconcertante laberinto del polígono industrial.
De vez en cuando, sobre todo cuando sus manos se deslizan por el volante para girar, se le escapa un suspiro junto a un nombre, “Graciela”. En ocasiones lo pronuncia en italiano, “Graziella”. En otras añade un adjetivo, “maldita Graciela”, o bien, “maledetta Graziella”, y aún en otras construye frases condicionales, “si tú quisieras Graciela, podríamos ser tan felices”, “si tu volere Graziella…”. Y Mauricio, que no sabe como seguir en italiano, coge la botella de Licor 43, que ha incrustado entre los dos asientos del coche, y echa otro trago profundo. Luego mira el culín que queda en la botella y la vuelve a embutir entre los dos asientos.
Mauricio tiene la sensación de que ya ha pasado por esta calle también desierta. No está seguro, todas son tan anodinamente semejantes. Para el coche, incluso el motor, es absurdo seguir dando vueltas, necesita orientarse. Entonces oye un parloteo lejano, no es más que un cuchicheo. Aguza el oído, no hay duda, alguien está hablando, pero por más que fuerza la vista no distingue a nadie. De pronto se da cuenta de que es la radio del coche. Está a punto de apagarla cuando unas notas musicales le suenan familiares, sube el volumen y reconoce la canción, es “Bella sin alma” de Richard Coccante.
Mientras canta la canción a dúo con Richard Coccante, Mauricio cae en trance, de repente lo ve todo claro, sabe qué hacer. En su mente se dibuja un plan preciso, y lo que es más importante, precioso, o al menos eso se le antoja a él.
Todavía está regodeándose en su proyecto, cuando una arcada, un regüeldo incontenible, le sube desde la boca del estomago y a la carrera sale del coche. Junto a un arbolito, que se arquea por su proverbial sobrepeso, arroja en sucesivos espasmos un líquido de tonalidad ámbar, en el que flotan grumos deshilachados de la mousaka que cenó.
Con su mano derecha Mauricio se desprende de los hilillos que cuelgan de su boca. Una nueva arcada sacude su cuerpo, pero ya no le queda nada por sacar. Usa la manga de su camisa para secarse el sudor frío que ha perlado su frente. Se yergue y trastabillando retorna al coche. Se desploma en el asiento y apaga la radio, necesita tranquilidad. Tras tener los ojos cerrados un rato, los abre y a su izquierda divisa un cartel indicador. Mauricio rompe a reír. El cartel le indica que debe girar a la derecha en el próximo cruce para acceder a la autopista A-7, Barcelona-Girona.
“Siempre ha estado aquí, el cartel siempre ha estado aquí”, dice entre carcajadas. La cabeza comienza a martillearle, deja de reír, nota su boca pastosa y le cuesta un esfuerzo atroz ejecutar sus decisiones. Sin embargo, ahora su vida tiene un objetivo, la determinación se dibuja en su cara, nada ni nadie va a detenerle. Arranca el coche y se encamina a la autopista.
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Le ha costado más de lo que pensaba, pero al fin Mauricio lo tiene todo preparado. Primero alquiló un estudio, en realidad un cuchitril con lavabo, en el barrio del Raval, concretamente en la calle Ferlandina. Mauricio es de la opinión que en este barrio, en esta renacida medina de Babilonia, sus manejos pasaran desapercibidos. Aquí cada uno va a lo suyo y ya nada les sorprende. En el estudio ha instalado el sintetizador Yamaha de segunda mano que se ha agenciado.
Lo que más tiempo le llevó fue conseguir cloroformo. Tras varios intentos frustrados, finalmente un colega del curro, que tiene una novia que trabaja en unos laboratorios químicos, le pasó un pequeño frasquito sin hacer demasiadas preguntas. Eso sí, a cambio de cederle la paga extra y las llaves del chalet de sus viejos en Vallgorguina, para fornicar tranquilamente con su novia durante varios fines de semana. A Mauricio le pareció un abuso, amén de que no estaba seguro que hubiera bastante cloroformo, pero su compañero de trabajo le aseguró con rotundidad que había más que suficiente y que era muy peligroso pasarse con la dosis, que con un chorrito de nada podía dormir a un rinoceronte.
La ventaja de esta espera forzada fue que tuvo tiempo de sobras para ensayar la canción, incluso se la aprendió en italiano, y ello a pesar de ciertos contratiempos. El caso fue que sus vecinos de la calle Ferlandina acabaron más que hartos del constante resonar de la canción de marras. Le denunciaron varias veces a la guardia urbana, pero solo consiguieron que Mauricio dejara de ensayar entrada la noche para respetar el descanso vecinal. El fracaso de la vía legal dio paso a otro tipo de iniciativas. Un vecino le convidó a unas rayitas con la manifiesta intención de fomentar una nueva afición que sustituyera a la musical. Mauricio, aunque se lo agradeció, rehusó con firmeza, nada ni nadie le iba a apartar de la finalidad que se había propuesto. Otro, más expeditivo, no se dejó impresionar por la apariencia de luchador de sumo de Mauricio y le dio una paliza en el portal un atardecer. Al acabar la tunda, le prometió reiterársela si persistía en sus berridos destemplados.
Mauricio no se acobardaba fácilmente, pero aquel vecino era todo músculo tatuado y además con demasiada frecuencia se le veía codearse con tipos de aspecto patibulario. Vamos, que Mauricio insonorizó su estudio con porexpán y cajas de huevos. Así pudo practicar tranquilamente día y noche, hasta el punto que además de aprenderse la canción de Richard Cocciante en castellano e italiano, también llegó a dominar con cierta soltura, o al menos eso creía él, “O tú o nada” y “Gavilán o paloma” de Pablo Abraira. Entonces pensó que porqué limitarse a una sola canción cuando podía resarcirse con todo un recital ante su Graciela, “total, ya puestos, hagamos las cosas a lo grande”, concluyó.
Más fácil le fue a Mauricio agenciarse el resto de cosas necesarias para llevar a cabo su plan, tales como, un esmoquin blanco con su correspondiente camisa, pajarita y pantalón negro, así como un pasamontañas, cuerda, una alfombra y cinta adhesiva ancha. Bueno, en realidad el pasamontañas no era imprescindible pero contribuía a la puesta en escena.
Ahora Mauricio está en su coche aparcado en la calle Felipe II, prácticamente en la esquina con la Plaza del Congreso Eucarístico. Allí cerca se halla el súper en el que Graciela trabaja de cajera. Él lo conoce bien, es el mismo súper en el que trabaja su hermana Andrea. Son las nueve y media de la noche, los bloques de alrededor se diluyen en la oscuridad, Mauricio observa con alivio que pasa poca gente por la calle y que va con prisas por llegar a casa a cenar. “Todo va bien” se repite cual mantra hipnótico. “Todo va según lo previsto”, añade finalmente, “de aquí a poco Graciela saldrá del trabajo y pasará por aquí camino de la parada del bus”
Los minutos se le hacen eternos. Repasa mentalmente, una vez más, todos los preparativos, recuerda como ha puesto la alfombra en el maletero. Toca con una mano el frasquito de cloroformo y el trapo que tiene en un bolsillo de su cazadora y con la otra, el pasamontañas que tiene en el otro bolsillo. “Lo tengo todo”, se dice. A continuación visualiza lo que va a suceder cuando se abalance sobre Graciela, un escalofrío recorre su espinazo con solo imaginárselo. Sin embargo se sobrepone, recuerda su determinación, no se va a arrugar ahora, tiene un propósito y nada ni nadie, ni siquiera su propio miedo, le impedirá cumplirlo.
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Cuando Mauricio ve aproximarse a Graciela por el retrovisor de su lado sale disparado del coche. “Coño, el pasamontañas”, piensa desesperado. Con la prisa se ha olvidado ponerse el pasamontañas y eso lo paraliza. Graciela que lo ve, le saluda confiada.
- Vaya Mauricio, ¿qué haces tú por aquí?
Mauricio no reacciona.
- Mauricio, ¿qué te pasa?
- No nada –balbucea al fin-. Estoy haciendo unos recados.
- Pues me vienes de perlas. Verdad que no te importa acercarme a mi casa –dice mientras que se encamina decidida hacia la puerta del acompañante.
- Claro, claro.
- Es que llevo un día… Estoy hecha caldo, hoy no he parado de currar. –Una expresión de abatimiento acompaña sus palabras. Después abre la puerta del coche y entra.
Mauricio no se lo piensa dos veces, vierte el cloroformo en el paño, se precipita al interior del coche y le pone el trapo en la cara. Graciela, aunque sorprendida, se defiende con fiereza, le araña en el cuello, le arranca varios mechones de cabello, cosa que le preocupa, pues últimamente se le cae con abundancia. “Solo falta que esta tía me deje calvo”, piensa poco antes de que Graciela deje de atacarle y de moverse.
Tras asegurarse la completa inmovilidad de Graciela, Mauricio le retira el trapo de la cara, se recuesta en su asiento, respira hondo y percibe el olor dulzón del cloroformo. De pronto le asalta el temor de que alguien lo haya visto todo. A hurtadillas se pone el pasamontañas y mira en todas direcciones. Al parecer nadie se ha fijado en su coche, la gente sigue su camino con toda normalidad. Se tranquiliza, le pone el cinturón de seguridad a Graciela y arranca el coche.
Al parar en un semáforo advierte con espanto que los demás conductores le observan con recelo. Cae en la cuenta que lleva puesto el pasamontañas. Cuando el semáforo se pone verde arranca y se lo quita; “me cago en el puto pasamontañas” exclama y lo tira por la ventanilla. El resto del trayecto transcurre sin incidentes hasta llegar a un descampado a las afueras de la ciudad. Saca la alfombra del maletero, la extiende junto al coche, abre la puerta y quita a Graciela el cinturón de seguridad. Con un mimo exquisito, que le destroza la riñonada, la deposita en la alfombra, y no puede dejar de admirar, una vez más, su exuberante melena pelirroja, su cara pecosa, angelical, dice él, y la delicada armonía que él percibe en su figura más bien culona y paticorta. Instantes después Mauricio reacciona, no debe encantarse, alguien podría verle. La envuelve con la alfombra y la pone en el maletero, en el que ha practicado varios agujeros para que no le falte el aire.
Se deja caer en su asiento, ha evitado que el cuerpo de Graciela se golpee, pero el suyo está baldado. Sin embargo, Mauricio está pletórico, es evidente que ahora ya nada ni nadie va a evitar que lleve a cabo su plan.
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Jadeante y bañado en sudor Mauricio observa, en el suelo de su estudio del Raval, la alfombra que envuelve a Graciela. No percibe ningún quejido, ni tan solo el más mínimo movimiento, y es que esta vez, al bajarla, se le ha resbalado y no ha podido evitar que Graciela se golpee en uno de sus costado. Siente que su amada se le haya caído, pero es que ha tenido que aparcar en la Ronda, cerca de la calle Ferlandina y cargado con ella, ha recorrido el trecho que le separaba del portal, que se le ha hecho eterno, y ha subido tres pisos que han acabado de reventarle.
Mauricio trata de convencerse que el porrazo ha sido leve. Se seca el sudor y se toma una pausa reparadora. El descanso es breve, pues teme que Graciela se despierte y le monte la parda. Saca a Graciela de la alfombra, se la ve bien, como siempre. La sienta en un sillón, la ata con la cuerda y le tapa la boca con la cinta adhesiva. Luego se relaja en otro sillón en el que se derrumba. Incluso hecha una cabezadita.
Pasadas unas horas la excitación vuelve a dominarle, no puede conciliar el sueño, se levanta y va al aseo a lavarse. Le vendría bien una ducha, pero no hay ducha, hay un retrete y un lavabo coronado por un espejo desconchado y una solitaria bombilla. Primero se afeita y repara en los arañazos que surcan su cuello, luego se lava por partes como buenamente puede. Suple la falta de higiene con chorretones generosos de Barón Dandy. De hecho queda todo él bañado en colonia, la geografía de los arañazos se le hace dolorosamente presente.
A continuación, con parsimonia, como un torero vistiéndose de luces, procede a ponerse el pantalón, la camisa, la faja que le sujeta el pantalón, la pajarita y por último el esmoquin blanco. Se unta el pelo, que ya ralea, con brillantina y se recrea contemplando su figura en el desconchado espejo, incluso se ve casi esbelto. Da por aprobado el resultado, al considerar su aspecto absolutamente irresistible, y vuelve al estudio.
Graciela sigue profundamente dormida y aunque Mauricio trata de despertarla, lo más que logra es que entorne los ojos. A Mauricio no le queda más remedio que esperar, se sienta de nuevo en el sillón y poco después se duerme.
Una luz intensa despierta a Mauricio. “Debe ser mediodía”, conjetura aun adormilado, porque solo hacia el mediodía penetra el sol, por un ratito, en su estudio. Se despereza y nota que Graciela le está mirando, y no con buenos ojos precisamente. Graciela lleva rato despierta, primero ni recordaba ni comprendía nada. Se sentía dolorida, sobre todo en un lado de su cuerpo, como si la hubieran golpeado, además tenía una meera inaguantable. No pudo más y se alivió allí mismo, el ceñido pantalón vaquero quedó encharcado. Luego ha distinguido a Mauricio ataviado con el esmoquin blanco y lentamente ha recordado lo ocurrido y ha atado cabos, aunque sigue sin vislumbrar qué pretende Mauricio. También ha observado las paredes revestidas de porexpán y cajas de huevos. Lo que ha aumentado su alarma, pues le ha producido la sensación de lugar preparado para tener a alguien oculto.
Mauricio advierte con desagrado que la salivilla se le ha escurrido por una de las comisuras de sus labios y que ha mojado una hombrera del esmoquin. Además, al levantarse se percata que su indumentaria, antaño inmaculada, está bastante arrugada. Incluso su engominado peinado se ha descompuesto y del Barón Dandy solo queda un vago recuerdo. Mauricio se ve forzado a reconocer que ha fastidiado la espectacular aparición con la que pensaba deslumbrar a su amada. “Y con la pinta tan magnífica que lucía antes”, piensa al recordar su imagen reflejada en el desconchado espejo. “Seguro que si me llega a ver ya la tendría encandilada, no se hubiera podido resistir”.
A pesar de esta contrariedad, Mauricio no se viene abajo. Llegados a este punto, ya no es que nada ni nadie pueda frenarle, sino que no puede dar marcha atrás. “Bueno, vamos al concierto que es lo importante”, decide Mauricio, “y a lo hecho pecho.”
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Dispuesto a crecerse ante las dificultades, Mauricio sacude su maltrecho esmoquin, recompone su peinado con el peine que siempre lleva en el bolsillo trasero del pantalón, y con aire resuelto se encamina a su sintetizador Yamaha. La expresión de Graciela refleja su perplejidad.
Mauricio se sienta ante el teclado, cierra los ojos y reconcentrado en si mismo desgrana las primeras notas de “Bella sin alma”. Solemne, sin perder la compostura, balancea sus hombros al compás de la música que mana de su Yamaha.
Llegado el momento, abre los ojos, atraviesa a Graciela con la mirada y rompe a cantar. “Y ahora siéntate, en esta silla”, entona Mauricio. “Bueno, en realidad es un sillón, pero da igual”, piensa satisfecho con su arranque. Entonces cree llegado el momento de dar el golpe maestro, el efecto definitivo, los dos próximos versos los canta en italiano, “Stavolta ascoltami, senza interrompere. È tanto tempo che, volevo dirtelo”. El “volevo dirtelo” Mauricio lo clava, se está superando a si mismo. Su Graziella le inspira, y a ver que tía se resiste a que le canten en italiano. La tiene en el bote, fijo. Graciela está sorprendida, sigue sin entender nada, aunque intuye que Mauricio quiere expresarle algo con esta canción.
La siguiente estrofa Mauricio la emprende en castellano, “Vivir contigo, es ya inútil, todo sin alegría, sin una lagrima. Nada que decirte, ni en el futuro…”. “Pero si nunca hemos vivido juntos. Vamos, ni siquiera hemos pasado un fin de semana juntos. Me acosté con él una vez y punto”, reflexiona Graciela desconcertada. Pero Mauricio no repara en estos pequeños detalles sin mayor trascendencia. Está lanzado, a él lo que le conmueve hasta el tuétano de sus huesos es eso de “ni en el futuro…”. Vale, de acuerdo, desde un punto de vista lógico no se sostiene, puesto que si alguien ha acabado con su pareja y no tiene nada más que decirle ahora, difícilmente va a tener algo que decirle en el futuro. Sin embargo, desde un punto de vista emocional el final del verso es soberbio, o al menos así se lo parece a Mauricio. Resalta la profunda desesperanza del amor truncado, esa es su fuerza. A ti que has sido la razón de mi existencia, nunca más te voy a querer. Eso es lo que quiere decir y lo que resuena en la cabeza de Mauricio cuando se deleita alargando la palabra “futuro”.
“En tu trampa también he caído, el amante próximo tiene mi sitio” canta Mauricio sin abandonar su acerada mirada, a la que ahora agrega una mueca de desprecio. Un desprecio que pone de manifiesto su superioridad, él cede el sitio sin importarle, sin un atisbo de dolor. “Toma rubiales, tú comes plato de mesa ajena y porque yo lo he rehusado” fantasea Mauricio. Que no haya ocurrido exactamente de esta forma, no es obstáculo para que Mauricio se reconforte imaginando que bien podría haber sucedido así. Graciela ya no sabe que pensar, “por qué me canta este tío esta canción. Total por un polvo de conejo que me echó, y porque me dio pena que sino de qué. Y el caso es que me mira con una intención, como si quisiera avergonzarme con un montón de reproches por no sé qué”.
Mauricio, amén de acentuar si cabe su expresión de desprecio e iniciar un crescendo de su voz, se pasa de nuevo al italiano, “Povero diavolo, che pena mi fa”. Este primer verso le queda bordado. Luego, seguro de sí, plenamente confiado en sus facultades, se lanza, en castellano, al resto de la estrofa, “Cuando te haga el amor, te pedirá mas. Se lo darás, ¿por qué lo haces así?”. Mauricio está inmenso, va incrementando el potencial de su canto hasta que la voz se le rompe, resaltando de esta forma el dramatismo contenido, la entereza con la que Mauricio hace frente a la adversidad.
En esta misma línea y sin dejar de flagelarla con la mirada, Mauricio ataca el final, el clímax de la canción, “Como disimulas, se te hace cómodo. Y ahora sé quien eres, y no sufro más”. Mauricio pone cara de suficiencia, como queriendo decir, “que te he calado, tía, que sé de que vas y no me la das con queso”. Graciela intuye clarísimamente que Mauricio se siente traicionado por ella, aunque no haya existido jamás ningún compromiso entre ellos. “Este tío está como una cabra”, rumia Graciela, “a saber como habrá interpretado el que me acostara con él. Y todo porque Andrea me estuvo comiendo la olla en el curro. Que mira que está coladito por ti, me decía, que tiene la pared de su habitación empapelada con tu careto. Que el pobre ha tenido muy mala suerte con las tías. Que total a ti que te cuesta, le haces un favor y una alegría que te das. Valiente alegría me está dando. Me cago en la Andrea y en la hora en que la hice caso”. Mauricio remata con fuerza la presente estrofa, “Y si nada crees te lo demostraré…Y está vez, tú lo recordaras…”
Próximo al paroxismo, Mauricio se desgañita cantando, “Ahora desnúdate como sabes tú”. “Este tío quiere follarme” piensa Graciela, “claro que para eso me va a tener que desatar. Lo mejor será que le siga el juego, incluso que empiece a desnudarme, y en cuanto tenga ocasión le pego una patada en los cojones y me largo de aquí”. Pero Mauricio se contenta con desnudarle el alma, con ponerla en evidencia con su mirada acusadora. Él lo que quiere resaltar son los dos últimos versos, ahí echa el resto, fuerza al máximo su voz y grita, “No te equivoques, no me importas tú. Tú me desearas, bella sin alma”. Estas son las dos ideas que le quiere transmitir Mauricio, “no me importas tú” y “tú me desearas”.
Solo un ser sin corazón se atrevería a objetar a estas dos ideas, que si no le importa para qué coño quiere que le desee. Y éste no es caso de Mauricio, que todo corazón, consume los escasos restos de aire que le quedan en sus pulmones tarareando con redoblado ímpetu, “nanán naná, naranán naná… naraná naná, narará rará…”, hasta concluir la canción arrastrando la “a” en unos estertores lastimosos.
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Una vez recuperado el resuello, Mauricio mira nuevamente a su Graziella, pero en esta ocasión con afán escrutador. Quiere ver cual es su estado anímico. Graciela, que ha decidido seguirle el juego, inclina su cabeza como si no le aguantara la mirada, como si estuviera avergonzada por algo.
Mauricio sonríe triunfal, al fin ha llevado a su amada al terreno deseado. Es el momento de proseguir el concierto, si bien en un tono más tranquilo, más intimista. Entre otras cosas porque apenas le queda voz. Mauricio lo tiene todo estudiado y la emprende con “Gavilán o paloma”. Con esta canción pretende justificarle la coacción física que se ha visto forzado a usar con ella. La propia canción lo dice, “Amiga, hay que ver como es el amor, que vuelve a quien lo toma, gavilán o paloma”. Éste es justamente su caso, por amor y después de ser paloma, no le ha quedado más remedio que convertirse en gavilán. Porque como también dice la canción, “Esa noche entre tus brazos caí en la trampa, cazaste al aprendiz de seductor, me diste de comer sobre tu palma, haciéndome tu humilde servidor”. “Sí, Graciela, tú me sedujiste aquella noche,” discurre Mauricio mientras canta, “me hiciste tuyo, jugaste conmigo y después pasaste de mí. Cómo no me iba a volver un gavilán. Qué otra cosa podía hacer, si me manejaste igual que a un títere que luego dejaste tirado como una colilla”.
Al acabar la canción se produce una dramática pausa, o al menos esa es la intención de Mauricio. “Que medite, que se de cuenta de la situación tan jodida en que me puso”, piensa Mauricio. Aunque al propio tiempo, al verla sumisa ante él, con la vista baja, no puede evitar quedarse embobado unos momentos ante la inmaculada belleza de su amada. Mauricio se complace en la exquisita proporción de sus formas, que sus ojos descubren, a pesar de sus anchas caderas que acentúan la escasa longitud de sus piernas.
Finalmente con “O tú o nada” concluye el recital. Mauricio persigue con este tema una triple finalidad. En primer lugar, remarcar la traición de Graciela, “Amada mía, adultera”, eso que quede claro. En segundo término, reafirmar su amor por ella, “O tú o nada”, para él no hay otro amor posible, o ella o nada. Y por último, insinuar que “quizá la culpa ha sido mía”; toma elegancia y generosidad de espíritu, a ver que tía no sucumbe ante tan desbordante torrente de sentimientos.
Graciela continúa con la cabeza gacha, a la espera de acontecimientos. Mauricio, que se ha percatado de la conmoción afectiva que embarga a su amada, se levanta nada más acabar el concierto, sin demorarse en ningún bis, y se acerca a Graciela. Con dulzura le alza la barbilla mientras una tierna sonrisa ilumina su cara. Graciela le deja hacer e intenta devolverle la sonrisa, pero la cinta adherida a su boca se lo impide, por lo que se limita a mirarle con ojos de cordero degollado.
Mauricio interpreta todos estos indicios como evidencias de que al fin Graciela se ha dado cuenta de quien es su gran amor. “Oh cariño, si yo te perdono, no quiero que sufras más… Venga tontita, si ya lo sabes, yo te quiero… Va churri, si juntos vamos a ser la mar de felices… Ningún reproche más va a salir de mi boca… Verás como nuestro amor va a ser perfecto a partir de ahora…”, le dice Mauricio al desatarla. Graciela asiente con la cabeza.
Luego Mauricio se inclina sobre ella dispuesto a quitarle con extrema suavidad la cinta pegada a su boca. “Espera, cari, yo te la quitaré sin hacerte…” le está diciendo, cuando de golpe un rodillazo se inserta en sus partes blandas y su oronda humanidad se desploma transida de dolor. Graciela salta por encima de él y gana la puerta.
Una vez en la calle Ferlandina corre despavorida, su melena pelirroja forma una amplia estela flotante, la gente se detiene a contemplarla. En su desaforada carrera, en vez de ir hacia la Ronda, Graciela vuela hacia el MACBA. Al llegar a la plaza del MACBA, está a punto de ser arrollada por el monopatín de un skater. Graciela es victima de una crisis nerviosa y estalla en sollozos incontenibles. El skater trata de calmarla, aunque piensa que tampoco hay para tanto caramba, que él la ha esquivado. “Va mujer que no ha sido nada, un susto nada más”, le dice. Otras personas se detienen a ver que pasa. Graciela mira hacia la calle Ferlandina y comprueba que Mauricio no la persigue, se enjuga las lágrimas y se tranquiliza. Dice a la gente que la rodea que ya se encuentra mejor, les agradece su interés y se va.
Al reanudar la marcha, Graciela advierte un dolor difuso en un costado de su cuerpo, pero no sabe a que atribuirlo, también nota cierto escozor en la entrepierna. Recuerda que se meó encima. La rabia se adueña de su ánimo y camino del metro, hacia las Ramblas, sopesa si denunciar a Mauricio por secuestro. Por una parte considera que se lo tiene bien merecido, pero por otra le da miedo que se rían de ella cuando explique que la secuestró para cantarle “Bella sin alma”, “Gavilán o Paloma” y “O tú o nada”.
Graciela llega al metro, con la caminata el escozor se ha incrementa. “Y esto se lo debo al jodido Maurizio” piensa Graciela, mientras baja las escaleras como si se hubiera acabado de bajar del caballo. Graciela coge el metro, va medio vacío, se sienta y comienza a elaborar el discurso que le largará a Andrea en cuanto la vea. Al menos que su familia sepa lo que ha hecho y que lo internen en un psiquiátrico. Si no lo internan, entonces sí lo denunciará.
Mientras tanto, Mauricio, que sigue en el suelo sin abandonar la posición fetal, también nota su entrepierna. Sin embargo, y aunque su intimidad le duele sobremanera, lo que de verdad le tortura, lo que le atormenta hasta el espanto es que tiene “el corazón partío”.

"El día que me quieras"



Por Cofrade Tamburete Kid

Tumbado en la cama, Pancorvo mira al techo. Un techo amarillento, desconchado, con leves grietas que parten de una esquina cerca de la ventana y que se ramifican igual que en un mapa los ríos de un continente. Pancorvo mira al techo pero no ve techo alguno. Su mirada deambula por dentro, de sí, de su cabeza. De su cabeza abollada y huérfana de pelambre. De pequeño le llamaban cabeza perro. Ahora, por menos de la mitad le recompone a uno la cara. No es que sea feo, pero su aire difícil siempre tira para atrás. Un aire, cómo decirlo, algo así como la tramontana, pero sin ruido. Pancorvo tiene la facultad de crear el vacío a su alrededor. Ya está acostumbrado. Son los demás los que deberían irse acostumbrando. No hay manera. Y ya no importa. Nunca tuvo un amor, una novia, un amigo. Si tuvo padres fueron de préstamo. Una vez, el hijo del vecino, el de la lechería, le ofreció jugar con él a la pelota. Pancorvo pensó antes en la trampa escondida que en la oportunidad del juego. Y el niño se encontró de repente con dos medias pelotas. El niño no lloró, no dijo esta boca es mía, cogió las dos mitades y se fue cabizbajo. Pancorvo, navaja en mano, esperaba un motivo, algo para lanzar su rabia, pero el niño no hizo la menor alusión a nada. Antes de entrar en el portal de la lechería el niño tiró las dos mitades a las zarzas, luego desapareció. Literalmente, desapareció. Pancorvo era el amo de la calle, de las esquinas oscuras, de las aceras vacías, de las farolas rotas. Siguió siéndolo toda su vida. El dueño de la ausencia, del silencio, de la oscuridad. Pancorvo, antes cabeza perro ahora… no se puede decir. O sí, pero muy bajito, muy suave, tanto que al decirlo no se muevan los labios… tanto que…
Ahora Pancorvo gira la cabeza, esa cabeza de perro abollada, y busca detrás de la cortina que separa el baño. La mujer canturrea un viejo tango. La voz se confunde con los chapoteos del agua en el bidet. Él nunca tuvo un amor, un amigo, nada… Escucha la canción. Es un tango. A él le gustan los tangos pero éste no es de su agrado. La mujer se seca la entrepierna con la toalla y canturrea, “el día que me quieras…”, Pancorvo se levanta y busca en el pantalón… “la rosa que engalana…”, saca la navaja del pantalón y la abre sin ruido… “se vestirá de fiesta”, la navaja abierta reluce con la luz del sol… “con su mejor color”, se acerca a la ventana y la cierra… “Al viento las campanas…” contempla por un instante la calle llena de gente. Esa no es su calle. Este no es lugar. Nunca lo ha sido. Despacio, Pancorvo corre la cortina, la cortina roja. Roja…
“dirán que ya eres míay locas las fontanasme contarán tu amor.
La noche que me quierasdesde el azul del cielo,las estrellas celosasnos mirarán pasary un rayo misteriosohará nido en tu pelo,luciérnaga curiosaque verá…”

"Suavemente"



Por Cofrade Tamburete Kid

Había perdido la noción del tiempo. ¿Cuántos días hacía que permanecía en aquella posición? ¿O tal vez fueran semanas? Cómo saberlo… Allí no entraba la luz del sol, apenas una débil luminosidad por la rendija de la puerta. Al principio estuve calculando el paso del tiempo. Contaba los segundos hasta tres mil seiscientos, entonces hacía una marca con el pie en el suelo arcilloso de la cueva, porque si de algo estaba seguro era de que aquel lugar era una cueva reconvertida en calabozo, pero llegó un momento en que me perdía en el recuento y dejé de intentarlo. Durante unas diez horas, según mis cálculos, permanecí en la más absoluta soledad, después una puerta, trampilla o lo que fuera se abrió tras de mí y escuché como alguien se acercaba con paso cansino, arrastrando los pies. Luego, me vendaron los ojos y me acercaron un tenedor a los labios. Noté el sabor reconfortante de una tortilla recién hecha y no puse resistencia. Entre bocado y bocado me acercaban un vaso de agua fresca para que bebiera. Esta operación se repitió en varias ocasiones a intervalos creo yo de unas seis o siete horas. Debido a lo incómodo de mi posición, pues me hallaba apoyado contra una viga en el centro de la cueva, y a que tenía las manos atadas a la espalda, pasada la ligadura en torno a la viga, me costó mucho conciliar el sueño. Pero finalmente caí en un profundo sopor. Al despertar me dolía enormemente el cuello y apenas sentía las manos. Las plantas de los pies me picaban de manera indecible. Creo que en ese momento hubiera dado cualquier cosa, sin distinción, cualquier cosa, por verme librado de las ataduras y poder rascarme las plantas de los pies. Quién haya padecido de sabañones sabe a que me estoy refiriendo. Supongo que debido al agotamiento producido por mi situación, cada vez eran más frecuentes mis viajes al mundo de Morfeo. Perdida la noción del tiempo despertaba en medio de un sueño y tardaba unos segundos en comprender en dónde me hallaba. Llegó un momento en que no sabía dónde empezaba una cosa y dónde acababa otra. Finalmente perdí la noción de cualquier cosa. En un momento determinado, a caballo entre los dos mundos, escuché la canción. Una voz de mujer la tarareaba. El sonido llegaba lejano de algún lugar mucho más arriba. Forcé al máximo la atención auditiva. Sí, reconocía aquella melodía. La recordaba de mi adolescencia. Fue un éxito en Estados Unidos, también aquí, en Europa. La melodía me trasladó a un mar de recuerdos. Pasé del delirio a un estado extrañamente placentero. Me olvidé del dolor que me castigaba todo el cuerpo. Y me recree en la fantasía de una época pasada. Ahora la voz sonaba más nítida. Me parecía una bonita voz, llena de sensibilidad y que mostraba claramente una profunda emoción. Alguien hermoso y puro estaba allí arriba, seguramente unos diez o quince metros en algún lugar cercano. Luego la voz dejó de cantar y volvió el silencio. Terrible de nuevo el silencio. Entonces caí en la cuenta. Cómo no lo había hecho antes. Si yo era capaz de escuchar a alguien cantar, alguien ahí afuera sería capaz de escuchar mis gritos de auxilio. Comencé a gritar. Al principio me costó articular una sola palabra, pero enseguida la voz irrumpió en mi interior con fuerza inusitada. Grité. Pedí auxilio. Juré. Blasfemé. Desesperado rompí a llorar. Cansado, los gritos se fueron amortiguando en una especie de letanía llorosa y suplicante. Entonces se oyó la puerta tras de mí. El arrastrar de pies. Y la venda en lo ojos. Me acercaron un trozo de carne humeante a los labios, pero ya no podía seguir comiendo. Reconocí un sabor ligeramente amargo en la comida, y caí en la cuenta de quien quiera que fuera la persona que me tenía encerrado, me estaba administrando algún tipo de droga o veneno en la comida. Escupí con rabia el trozo de carne que tenía en la boca y me negué a beber un sorbo más de agua. Mi captor o captora salió de la estancia. Volví a oír la melodía y la hermosa voz, “killing me softly with his song”. Se alejaba, poco a poco, se perdía hacia arriba. Subiendo.

"Que es lo que quieres que yo haga más por ti"



Por Cofrade Silla Jotera

Llovía, llovía en la Tierra, en los mares y los campos, llovía en la ciudad, en plazas, calles y avenidas, llovía en casa, en el comedor, en la cocina y el estudio, llovía en el corazón, llovía en el alma, en el alma desolada, alma desierta, llovía en todo el páramo yermo que era su vida. Llovía sobre Bartlo. Y llovía fuerte, con ganas, llovía una lluvia persistente e intensa, con unas gotas como puños que traspasaban el cuerpo empapado y se clavaban en el alma, en el alma desolada, desierta, encharcada. Llovía en el charco que era su vida, llovía sobre Bartlo.

El estudio era un pantano, el musgo cubría el mobiliario, las trepadoras ascendían por lámparas y cortinas, el agua alcanzaba la cintura de Bartlo, que sentado frente al piano, con las manos inmóviles sobre las teclas negras y la cabeza agachada, los hombros hundidos, las piernas bajo el agua, los peces discurriendo a su alrededor, tarareaba entre sollozos ahogados una melodía triste, dramática, terrible. La larala larala (sollozo) laralalala lala lala (sollozo) lala lalala… (gran sollozo).

Y así pasó la mañana, y luego el mediodía, y luego la tarde, lloviendo sobre Bartlo, y él inmóvil ante el piano mudo, tarareando y sollozando como perro en un entierro pasado por agua. Hasta que dieron las diez de la noche. A las diez de la noche Bartlo, de repente, tan de sorpresa que los peces y serpientes y tortugas del pantanal saltan por la ventana asustados, de repente Bartlo se levanta y nadando se dirige a la puerta de la casa, se pone la gabardina, busca el paraguas bajo las aguas, pero no lo encuentra, y sale de casa.

En la calle y en los callejones llueve, en la avenida Laietana también, y llueve con renovadas ganas, gotas como quesos de bola llueven ahora, y Bartlo camina bajo la lluvia lentamente, dejándose empapar por la intensa y persistente lluvia que cala su alma ya casi líquida. Llueve sobre Bartlo, pero él ya casi es la lluvia. Que llueva.

Llega a El Parnaso, entra, aparta los cortinajes rojos ya casi negros de arte povera y mugre. En el Parnaso llueve. Saluda al Pasqui, el portero, el guardián de los secretos del agujero más hondo, perdido y oscuro del infierno condal, llega a la barra, aún hay poca gente, los cinco o seis clientes de siempre y las cinco o seis chicas de las primeras horas de la noche, es pronto, la gentuza está ahora saliendo del teatro o del cine, o cenando, puede que hasta cenando en familia, con sus mujeres o sus maridos, luego dicen bajo a por tabaco, o me voy al cine con Piluca, y se vienen para el Parnaso, al vicio se vienen.

Llueve en la barra, pero Bartlo se pide lo de siempre y la Chata se lo pone, un gimlet. ¿Ha venido?, le pregunta Bartlo. Ni ha venido ni vendrá, le responde la Chata, y se va por donde ha venido con la botella de ginebra, a llenarle los vasos a tres mandos intermedios que hay al fondo de la barra y que le pagan poniéndole billetes de cien pesetas en el escote. Bartlo se bebe el gimlet de un trago. Quiere otro, porque llueve, llueve mucho, arrecia, ¿cómo son las gotas, como pelotas de fútbol?, como pelotas de baloncesto. La Chata le pone otro gimlet, no empieces a pasarte, le dice mientras llena el vaso. Cuanto hace que no viene, le pregunta Bartlo. Ya lo sabes, hace casi dos semanas que no se pasa. Dos semanas, dice Bartlo. Si, casi, responde la Chata yéndose ya por donde ha venido, a servir a dos encargados de negociado que le pellizcan el culo mientras piden más hielo para sus whiskys dobles.

Dos semanas. Dos semanas lloviendo, lloviendo en el universo, en la vía láctea, en el sistema solar, en la Tierra, en mares y campos, en la ciudad, en casa, en el estudio, en su alma, lloviendo sobre Bartlo, sobre el piano. Sobre el piano. Maldito piano. Maldito piano, porque desde que comenzó a llover Bartlo no puede tocar el piano. Bueno, si que podía, podía tocar los aires españoles, las versiones de canciones italianas, las aberraciones del richard clairderman, alguna de los Beatles, esos. Vamos, podía tocar lo que tocaba, lo que le dejaban tocar los jueves, viernes y sábados por la noche en El Parnaso, pero tocar, lo que se dice tocar, lo que para Bartlo era tocar, que era tocar lo que le daba la gana, lo que le salía, lo que encontraba, una música que… Algo, algo que era como una intención, pero que también era un lugar, aunque no fuera un lugar, porque más que un lugar en el que estar era un lugar al que había que llegar a través de lo que encontraba por el camino, de lo que salía, y le salía por las manos, aunque él sabía que empezaba en su cabeza, y no siempre en ese preciso instante, a veces empezaba días antes, semanas antes, meses antes, y un día salía, y salía por sus manos y llegaba a las teclas, las teclas saltaban, podía sentir como saltaban y vibraban las cuerdas, vibraba el aire, el piano, todo vibraba, y era entonces cuando parecía que en algún sitio, allá tras la música, había un lugar, una especie de Xanadu en el que Bartlo, ni que fuera por unos instantes, podía ser el Kublai-Kan.

Dos semanas lloviendo. Otro gimlet. Que no te pases, le dice la Chata poniendo poca ginebra en su vaso. Igual viene hoy, le dice Bartlo. Quien sabe, dice la Chata, quién puede saber nada, yo no se nada, es mejor no saber nada, ni lo que pasó ayer ni lo que pasa ahora ni lo que pasará mañana, mejor no saber, quien sabe, igual sales a la calle y te cae un avión encima, o te subes al avión y se cae al mar y te ahogas, o te operas para curarte una hernia y el cirujano se deja unas tijeras dentro y te mueres de una infección, o confundes una botella de agua con una de lejía y… O te toca la lotería y te mueres de la emoción, ataja Bartlo. Eso mismo, asiente la Chata yéndose por donde ha venido, a llenar por décima vez el vaso de un contable recién despedido que le pregunta cuanto cuesta un polvo, así, a lo bruto, cuanto cuesta un polvo. Todos los que vienen aquí son unos gilipollas, piensa Bartlo zampándose el gimlet.

Hay excepciones, aunque no marcan la norma hay excepciones. Una es Zacarías, que con su nombre de opereta se ha pasado un tercio de su vida en las plataformas petrolíferas de los mares del norte, en el mar de Barens, en el mar de Karza, en el de Bering, en el de Ojotsk. Otro tercio se lo pasó en Sudáfrica, pescando peces espada y regentando la Taberna Española. Y el último tercio dice que se lo quiere pasar en esta mierda de ciudad, viviendo de los ahorros y de la renta mensual que le reporta el traspaso de la taberna meridional. Y pintando, porque ahora Zacarías pinta cuadros, pinta cuadros marinos, y también pinta la ciudad, el puerto, a veces las calles. Y también pinta retratos, casi siempre de mujeres, casi siempre prostitutas. Y las pocas veces que no pinta, Zacarías sale a cenar pescado en la Barceloneta y luego se va de putas, que dice él. Pero eso no es ir de putas, le dice siempre Bartlo. Porqué no. Porque nunca te vas con ninguna. Ah, bueno, es que a mí lo que me gusta es estar con ellas, pasar el rato, charlar, tomar unas copas. Entonces tú de follar… Claro que follo, de vez en cuando, tengo amigas, vecinas, hay dependientas en las tiendas de mi barrio, alguna dueña de alguna galería de arte, una doctora del ambulatorio, vamos, que me apaño. Ya, ya. Casi todas estas chicas tienen en su vida una tragedia, y conmigo se entretienen, les hago reír, les pago las copas, y mientras no han de chuparles las poyas a la pandilla de amargados que vienen por aquí, las trato bien, con respeto, y ellas lo agradecen y me tratan bien, y a veces aceptan posar para mis cuadros, esas son mis chicas. Eres un maestro, le decía Bartlo. El maestro eres tú, respondía Zacarías, anda, tócate esa tan bonita del richard clairderman.

Dos semanas, dos semanas lloviendo y dentro de poco dos semanas y un día, porque no iba a venir, no vendrá, no. Llueve, llueve. Otro gimlet. No, le dice la Chata, si quieres te pongo una cerveza, pero no más ginebra, a las doce has de tocar. Eso no es tocar. Una cerveza o nada.

Llueve. También llovía el último día que estuvo con ella, aunque sólo llovía en la calle, no en El Parnaso, ni en el universo, aún no. En El Parnaso era muy tarde, estaban a punto de cerrar, las últimas chicas se sacaban de encima como podían a los últimos clientes, los más pesados, los más borrachos, los más pringados. Al final siempre se libraba de ellos el Pasqui, y sabía muy bien como, tan bien que algunos no volvían jamás. Entonces entró Hortensy en El Parnaso, a esas horas llegaba, cuando Bartlo, derrotado en uno de los sofás del fondo, se dejaba arrastrar por la borrachera hacia un lugar que estaba más allá de la música, tal vez un Xanadu, probablemente no, porque ¿dónde están las teclas? Y se miraba las manos. No, no, no es mi Xanadu.

Hola mi amor, se le presentó Hortensy. ¿Hola?, hola de qué, balbuceó un falso Kublai-Kan, ¿hola de llegal, está es la hola de llegal?, ¿pero donde has estado? Por ahí, dijo Hortensy sentándose a su lado. Bartlo se levantó de un salto, se tambaleó, consiguió recuperar la posición vertical, más o menos. Ahora, dijo, dime que has ido al cine con Piluca. He ido al cine con Piluca, repitió ella mientras se encendía un cigarrillo y la llama del mechero iluminaba sus delicados dedos, sus cuidadas uñas, su mentón de marfil, sus carnosos labios, su nariz egipcia, los profundos lagos de sus ojos. Su indiferente, perdida mirada. Has estado con él. Si, he estado con él. Con ese cabrón. Si. Maldita sea.

Cuidao con ese, es un hijo de puta de cuidado, le dijo una noche Zacarías a Bartlo, mientras con un discreto ademán le señalaba a un fulano que en ese momento disfrutaba del entretenimiento de nada menos que tres chicas del local. Champán, puros de los caros, sellos en los dedos, reloj de los gordos, pasador en la corbata, tinte y gomina en el pelo, llavero con el logo de la Mercedes, sonrisa de hiena. Unos cincuenta y pico años, entre fornido y gordote, posiblemente más visitante de los restaurantes gallegos que del club de tenis. Lo conozco del club de golf, le dijo Zacarías. ¿Tú juegas al golf? Ni borracho, me han comprado algunos cuadros para el comedor marinero. ¿Tienen un comedor marinero en el club de golf? Y uno campestre, otro asiático y luego está el clásico, aquello es la hostia, prosiguió Zacarías, la administradora del club social es la que me compra los cuadros, nos hemos hecho amigos y me invita a las fiestas del club, a mí me va bien porque se reúnen un montón de imbéciles capaces de pagar medio quilo por un cuadro. No me jodas. Tres he vendido, precisamente los más malos, ay, el arte que cosas tiene. Y cómo conociste a ese, preguntó Bartlo. En una de esas fiestas, el tipo es constructor, uno de esos que se está haciendo de oro en la costa del Sol, pero eso es sólo una tapadera, en realidad el tipo maneja negocios de compraventa de materias primas y de armas, todo más o menos legal, aparentemente, pero todo muy muy oscuro, eso sí, el tipo es un benefactor del carajo, da mucho dinero a obras sociales a través de los bancos y de la mismísima administración, vamos, le comen en la mano. Eso es un hijoputa, si, un tiburón, dijo Bartlo, pero qué es lo que le hace peligroso. Me lo presentó mi amiga una de esas noches, el tipo iba acompañado de un mueble de dos metros con bulto en la sobaquera y de una chavala que no tendría más de dieciocho años y que nos presentó como su hija, bueno, el tipo estuvo simpático y todo eso, y se auto comprometió a comprarme un cuadro un día de estos, esas cosas que dicen los nuevos ricos, y bueno, la fiesta fue pasando y a mí me extrañaba que la niña bailara tantos agarrados con papá, y lo que más me extrañaba era como le agarraba el culo papá, y como se apretaba la niña contra el rabo de papá, en fin, me dije, otro millonetis vicioso, y me dediqué a disfrutar de la fiesta, mi amiga Carol monta unas fiestas impresionantes, aunque a mí lo que más me impresiona es como empieza a despedir a la gente, con una elegancia que no se dan cuenta que los están echando a la puta calle, y ya me muero de la impresión cuando se me acerca y me pregunta si me puedo quedar para ayudarle a recoger, imagínate, como si no hubiera servicio para recog… Vale, vale, pero porqué es un hijoputa ese tipo. Ah, si, es que una semana más tarde estaba en la peluquería y para entretenerme cogí una revista de esas de sucesos y, bueno, había una noticia sobre el asesinato sin resolver de una chica que, joder, era la hija de ese tipo pero, claro, es que en el reportaje no se decía en ningún momento que él fuera el padre, es un tipo importante, eso habría salido, pues no. A la chica la asesinaron estrangulándola con una corbata, luego la torturaron. ¿Luego, muerta? Tiene cojones la cosa. Irías a la policía. En primer lugar hablé con Carol. Y qué. Alucinó, pero me dijo lo que yo mismo pensaba, ¿qué pruebas teníamos?, no podíamos ponernos ha hacer preguntas indiscretas sobre un tipo eminente entre los miembros del club, ¿y si la chica era otra? Joder Zacarías, dijo Barlo, que estamos hablando del asesinato de una chavala. Ya, ya, espera, Carol invitó al tipo a otra fiesta, nuestra intención era ver si venía con su hija, y claro, no vino con su hija, no con aquella, vino con otra hija. No me jodas. En el saludo de bienvenida Carol se puso muy nerviosa, pero yo le pregunté por su otra hija, ah, mi otra hija, dijo el muy cabrón, pues su otra hija estaba bien, muy bien, y ya había regresado a Bruselas, donde estudiaba en un internado. Joder, joder, dijo Bartlo. Aquella noche no pude ayudar a Carol a recoger el tenderete de la fiesta porque a ella le dio un ataque de nervios. Bueno, la llevé a su casa, le dije a su marido que el estrés de su trabajo la estaba matando, y me fui a ver a mi amigo Telmo, que estuvo conmigo en el Tercio y ahora es el inspector jefe de la brigada criminal de esta ciudad. Joder Zacarías, eres como de otro mundo. Le expliqué a Telmo el asunto, y bueno, me agradeció la información y me invitó a unos callos. Ya lo sabían todo, tienen al tipo más fichado que al Lute, pero qué, no consiguen pruebas, todo se queda en indicios, y los indicios siempre son rechazados por los jueces, que no abren ni diligencias ni investigación. Jooooder. Por último, continuó Zacarías, Telmo me recomendó que, si no quería convertirme en gusano, me mantuviera todo lo apartado que pudiera del pájaro. Coño, dijo Bartlo, pues si te lo encuentras aquí. Oh, si, no me he apartado demasiado, ya me lo he encontrado cinco o seis veces, el tipo siempre me saluda y me suelta el royo de que un día de estos me comprará un cuadro, yo siempre le digo que tengo uno que parece que ni pintado para él, y le doy recuerdos para su hija de Bruselas. Joder Zacarías, eres un maestro. Tú si que eres un maestro, anda, tócate esa tan bonita del richard clairderman.

Aquella noche la tocó, al final del manido repertorio. La estaba tocando, cuando vio como el tipo, el tiburón, se levantaba y se acerba a la mesa de Zacarías, le saludaba, se sentaba con él y pedía una botella de champán, seguro, pensó Bartlo durante un La menor, que ahora le está diciendo que le comprará un cuadro, y ahora Zacarías le preguntará por su hija, y ahora. Ahora entró Hortensy en El Parnaso, se fue para la barra y habló con la Chata, se quitó el abrigo y lo dejó en un taburete, ella se sentó en otro, miró a Bartlo, le sonrió, le guiñó un ojo, le envió un beso. Bartlo atacaba un Si séptima. Entonces Hortensy paseó su mirada por el local, y algo debió ver, porque se levantó y se dirigió a la mesa de Zacarías. Bartlo la vio llegar en un compás, igual el paseo duró un contrapunto, pero para él fue un compás. Vio como llegaba, como saludaba a Zacarías, como el tiburón se levantaba, un tiburón con una sonrisa de hiena, que le besa una mano a Hortensy, joder que hortera, que la invita a sentarse, que Zacarías le dice algo a Hortensy, pero ella dice que no con la cabeza y se sienta con ellos, junto al tiburón, que pone una mano en una de sus piernas y levanta la otra para pedir más champán. ¿Qué coño estoy tocando?, se preguntó de pronto Bartlo.

Ese día empezó la tormenta, no empezó a llover, pero empezó la tormenta, los cielos encapotados, el viento iracundo, el frío perpetuo. Cuanto duró la tormenta, un mes, dos. Hortensy tomando champán con el tipo, Hortensy saliendo a cenar con el tipo, Hortensy de fin de semana con el tipo, Hortensy haciendo oídos sordos a sus consejos, a sus desesperados intentos de demostrarle que lo suyo no eran celos, que bien lo sabía ella, acaso no llevaban dos años como el que dice juntos, de aquella manera pero juntos, el uno para el uno y el otro para el otro. Hortensy haciendo oídos sordos. Y tampoco escuchaba a Zacarías, tengo pruebas le llegó a decir Zacarías. Pero Hortensy tenía otras pruebas, un coche nuevo, dos o tres abrigos, algunas joyas, fines de semana en Turquía, cenas en los mejores restaurantes… Pero Hortensy, insistía Zacarías, si hasta mi amigo Telmo tiene pruebas. Hortensy haciendo oídos sordos.

Cuanto duró la tormenta, dos, tres meses. Hasta aquella noche, la noche en que Bartlo no estaba en Xanadu, la noche después de la gran discusión, la última discusión, en la que ella le había prometido, llorando, con el ojo morado y llorando, que nunca más volvería a ver a aquel tipo, pero que la creyera, que él no había sido, que él no la había pegado, sólo se había caído por la escalera. Nunca más, le dijo Bartlo. Te lo prometo, prometió ella. Y ahora, a penas la noche siguiente, él no esta en su Xanadu, no es el Kublai-Kan, y ella llega tarde y, tan tranquila, tan desafiante, con la mirada perdida y morada, le dice que si, que ha estado con él.

Y entonces comenzó a llover. Llovía en el universo, en la vía láctea, en el sistema solar, en la Tierra, en mares y campos, en la ciudad, en El Parnaso, en su alma. Comenzó a llover sobre Bartlo. Llovía, y entonces Bartlo le dijo, vete, me has hecho daño, vete, estás vacía, vete, lejos de aquí. Y ella miró a Bartlo, y expulsó el humo de sus pulmones, sólo eso, y se levantó, pasó junto al tambaleante Kublai-Kan, y se fue. Y la lluvia arreció.

Dos semanas, dos semanas lloviendo, dos semanas y un día, porque no ha venido, no vendrá, no. Llueve, llueve. Otra cerveza. La última antes la actuación, le dice la Chata, y le pregunta cuantos dedos tiene en su mano mientras se la muestra con dos alzados. En esa cinco, dice Bartlo, en la otra cuatro porque uno lo metiste donde no debías. La última, en quince minutos has de tocar. Quince minutos, media hora, dos semanas, dos semanas y un día. No vendrá, nunca dejará de llover. Nunca dejará de llover, tararea Bartlo, nunca dejará de llover nunca dejará. La llegada de Zacarías le alegra algo la noche. Tú no te mojas, le dice Bartlo. Pero si no llueve. Llueve, si que llueve, dice Bartlo. Zacarías pide dos cafés y le dice a Bartlo que no se angustie, que ha avisado a su amigo Telmo, si le hubiera pasado algo a Hortensy ya lo sabrían, tienes que relajarte Bartlo, tienes que ser fuerte y confiar. El café recompone a Bartlo, incluso bromea, igual, le dice a Zacarías, esta noche te toco una nueva de ese que te gusta tanto. ¿Bill Evans? No hombre, no, el richard clairderman. Pues venga, maestro, que la Chata te llama.

Hay un lugar llamado Xanadu, no está aquí ni allí pero está, está tras el camino, a lo mejor tras los mares, o tras las montañas, o en el fondo de las grutas, un lugar, aunque no sea un lugar, porque más que un lugar en el que estar era un lugar al que había que llegar a través de lo que uno encontraba por el camino, de lo que salía, y a Bartlo le salía por las manos, aunque él sabía que empezaba en su cabeza, pero salía por sus manos y llegaba a las teclas, las teclas saltaban, podía sentir como saltaban y vibraban las cuerdas, vibraba el aire, el piano, todo vibraba, y era entonces cuando parecía que en algún sitio, allá tras la música, quizás tras la lluvia, había un lugar, una especie de Xanadu en el que Bartlo, ni que fuera por unos instantes, podía ser el Kublai-Kan. Y en ese instante podía tocar lo que le diera la gana, lo que le salía, y eso es lo que hacía ahora. Decirle a ella que vuelva, que vuelva que vuelva, que vuelva otra vez, decirle a ella que vuelva, que vuelva que vuelva, que vuelva otra vez. Pero, tal vez, llueve sobre mojado.